Sentado en una terraza, vi a una pareja acaramelada: se susurraba frases al oído y sonreían.
Parecía que se conocían desde hacía poco; si no fuera así, serían más distantes, pues no se suele apreciar lo que se tiene cerca, lo que se conoce.
La monotonía suele separar a los que, en algún punto, se prometieron utopías; la novedad suele perderse en la desidia de lo cotidiano.
En ese momento, mientras respiraba el aire matinal, vino a mí un torbellino de reminiscencias que me empujaron a pensar en ti, inspirado en la escena que presenciaba.
Nosotros también íbamos así, cogidos de la mano, abrazados, nos mostrábamos afecto en cualquier lugar, nos bastaba con querer y el mundo enmudecía, éramos expertos en alterar la realidad, cuando estábamos juntos nada nos molestaba, nada nos causaba inconvenientes.
Cuando hablábamos no te gustaba que dijera: la felicidad es un momento, te enfadabas y exclamabas que no podía ser, no pensabas igual, ya que si fuera así no valdría la pena vivir. Tenías razón, después entendí que estaba equivocado, tenía más sentido decir: la alegría es un momento, porque la alegría es un chispazo, sin más recorrido que unos segundos.
Dentro de mi ignorancia, por ir de listo, confundí los términos, en el fondo quería hablar de la alegría y no de la felicidad, debido a que la segunda es duradera, no es efímera, se mantiene, es un estado, es estar.
Pensando en ello quizás lo nuestro solo fue alegría, por lo poco que duró, que, aunque intenso y perenne en mis recuerdos, no tuvo más recorrido que una situación casual, que como apareció se perdió, se esfumó.
Tendríamos que haber aprovechado aquella época en la que nuestros caminos se cruzaron, pues cuando nos alejamos nunca más nos volvimos a encontrar.
Cuando nos despedimos, por decisión propia, cortamos toda forma de contacto, no nos apetecía dejar alguna posibilidad de vernos nuevamente, nos convertimos en agua pasada que no valía la pena remover. Sin embargo, hoy que pienso en ti, siento que no fue la mejor decisión, aunque en ese momento parecía que sí, mirándolo en retrospectiva, creo que nos equivocamos, dejamos pasar esa oportunidad que nos ofreció el destino, debimos aprovechar más nuestros encuentros.
Nos habíamos conocido por una razón, algo más trascendente que nosotros, a la que no le dimos importancia, estábamos convencidos de que solo éramos aves de paso en nuestras vidas, nuestra inmadurez nos hizo creer que todo era parte de una aventura.
No sé en dónde estarás, ¿qué será de ti?, ¿te habrás enamorado de nuevo?, ¿seguirás siendo la misma?
Te perdí la pista hace mucho y, hoy que pensé en ti, me gustaría contactar contigo, preguntarte si estás bien, si eres feliz, si cumpliste los proyectos que planificaste, pero esa maldita decisión de romper todo vínculo me impide poder hacerlo.
De un momento a otro comenzó a lloviznar. El color del cielo no resultaba halagüeño…, pintaba mal, como la temporada en sí misma, eran días de otoño y se notaba.
Parecía que se conocían desde hacía poco; si no fuera así, serían más distantes, pues no se suele apreciar lo que se tiene cerca, lo que se conoce.
La monotonía suele separar a los que, en algún punto, se prometieron utopías; la novedad suele perderse en la desidia de lo cotidiano.
En ese momento, mientras respiraba el aire matinal, vino a mí un torbellino de reminiscencias que me empujaron a pensar en ti, inspirado en la escena que presenciaba.
Nosotros también íbamos así, cogidos de la mano, abrazados, nos mostrábamos afecto en cualquier lugar, nos bastaba con querer y el mundo enmudecía, éramos expertos en alterar la realidad, cuando estábamos juntos nada nos molestaba, nada nos causaba inconvenientes.
Cuando hablábamos no te gustaba que dijera: la felicidad es un momento, te enfadabas y exclamabas que no podía ser, no pensabas igual, ya que si fuera así no valdría la pena vivir. Tenías razón, después entendí que estaba equivocado, tenía más sentido decir: la alegría es un momento, porque la alegría es un chispazo, sin más recorrido que unos segundos.
Dentro de mi ignorancia, por ir de listo, confundí los términos, en el fondo quería hablar de la alegría y no de la felicidad, debido a que la segunda es duradera, no es efímera, se mantiene, es un estado, es estar.
Pensando en ello quizás lo nuestro solo fue alegría, por lo poco que duró, que, aunque intenso y perenne en mis recuerdos, no tuvo más recorrido que una situación casual, que como apareció se perdió, se esfumó.
Tendríamos que haber aprovechado aquella época en la que nuestros caminos se cruzaron, pues cuando nos alejamos nunca más nos volvimos a encontrar.
Cuando nos despedimos, por decisión propia, cortamos toda forma de contacto, no nos apetecía dejar alguna posibilidad de vernos nuevamente, nos convertimos en agua pasada que no valía la pena remover. Sin embargo, hoy que pienso en ti, siento que no fue la mejor decisión, aunque en ese momento parecía que sí, mirándolo en retrospectiva, creo que nos equivocamos, dejamos pasar esa oportunidad que nos ofreció el destino, debimos aprovechar más nuestros encuentros.
Nos habíamos conocido por una razón, algo más trascendente que nosotros, a la que no le dimos importancia, estábamos convencidos de que solo éramos aves de paso en nuestras vidas, nuestra inmadurez nos hizo creer que todo era parte de una aventura.
No sé en dónde estarás, ¿qué será de ti?, ¿te habrás enamorado de nuevo?, ¿seguirás siendo la misma?
Te perdí la pista hace mucho y, hoy que pensé en ti, me gustaría contactar contigo, preguntarte si estás bien, si eres feliz, si cumpliste los proyectos que planificaste, pero esa maldita decisión de romper todo vínculo me impide poder hacerlo.
De un momento a otro comenzó a lloviznar. El color del cielo no resultaba halagüeño…, pintaba mal, como la temporada en sí misma, eran días de otoño y se notaba.

