El reflejo, aquella jornada, fue diferente, notó que detentaba una naturaleza distinta (a pesar de que como otras veces no fue el esperado), en esta oportunidad, admiró ciertos matices que lo emocionaron.
Sin ser habitual en él, se sintió aliviado, había brotes verdes en esa marabunta que lo invadía todo dejando erales en su recorrido.
A menudo se veía empujado a manifestar sus propósitos y a demostrar que no solo era un cuerpo errante, sin dignidad, incluso la existencia se empecinaba en mostrarle sus rasgos miserables. Sus días sombríos parecían no tener fin, se hacían eternos, lastrado por la rutina, por esas acciones repetitivas que no le aportaban valor, como si el sistema se empecinara en agriarle el humor.
Con todo ello seguía adelante, resignado al sabor del fracaso, a no despertar, a relegar sus inquietudes, a vivir por vivir, desgastándose en necedades, en falsas amistades que aparecían por doquier, esperando a que tropezara para burlarse, para recordarle que sus ilusiones no servían, eran borralla.
Aunque nada destacable había sucedido aquel día, una calma extraña lo rodeaba, de repente era especial, de repente no era el tonto de siempre. Quizás no todo estaba perdido, aunque fuera indigno de atención, aunque no sirviera de nada sentirse reconfortado por sus batallitas, por esas paupérrimas circunstancias que solían ser su sustento.
Siguió delante de ese escaparate, pensando si esa representación era la suya, si con ella podía matizar sus modos, su cansancio, lo nublado en sus ojos, sus ganas de contarle a quien fuera sus pesares.
No perdía nada ahí de pie, inmóvil, mirándose, evitando que sus pensamientos tomaran la forma de planteamientos inocuos, de ideas sin recorrido, que solo servían para sumirlo dentro de sus márgenes torcidos. Por eso, volvía sobre esa imagen, por unos minutos se sumió en un juego silencioso, bajaba y subía la mirada, hasta que cuando la bajó por enésima vez se percató de su sombra, esa oscura parte de sí mismo que se estiraba y empequeñecía de acuerdo con la luz que la alumbrara.
De esa forma descubrió que esa parte sombría lo acompañaba a todas partes para recordarle la sustancia de la que estaba hecho, como una voz ajena que resonaba en su memoria con una claridad cruel, creada a partir de sus temores de esos rituales silentes en los que se machacaba por sus desvaríos.
Podía ser distinto, en esencia lo era, aunque nadie más lo viera, aunque todos se alejaran y no comprendieran sus particularidades, tomándolo como alguien indigno, como un necio al que no valía la pena prestarle atención, al que era mejor negarle el saludo para no verse envuelto en situaciones inconexas.
Al concluir su soliloquio, volvió sobre su descubrimiento, había una esperanza tenue que se manifestaba en ese soporte que, raído y sucio, denotaba haber tenido mejores épocas, en las que probablemente se habría previsualizado en mejores circunstancias, en las que podía estar a su aire, podía transitar una tregua momentánea en la que nadie le exigía más de lo que podía dar.
Sin ser habitual en él, se sintió aliviado, había brotes verdes en esa marabunta que lo invadía todo dejando erales en su recorrido.
A menudo se veía empujado a manifestar sus propósitos y a demostrar que no solo era un cuerpo errante, sin dignidad, incluso la existencia se empecinaba en mostrarle sus rasgos miserables. Sus días sombríos parecían no tener fin, se hacían eternos, lastrado por la rutina, por esas acciones repetitivas que no le aportaban valor, como si el sistema se empecinara en agriarle el humor.
Con todo ello seguía adelante, resignado al sabor del fracaso, a no despertar, a relegar sus inquietudes, a vivir por vivir, desgastándose en necedades, en falsas amistades que aparecían por doquier, esperando a que tropezara para burlarse, para recordarle que sus ilusiones no servían, eran borralla.
Aunque nada destacable había sucedido aquel día, una calma extraña lo rodeaba, de repente era especial, de repente no era el tonto de siempre. Quizás no todo estaba perdido, aunque fuera indigno de atención, aunque no sirviera de nada sentirse reconfortado por sus batallitas, por esas paupérrimas circunstancias que solían ser su sustento.
Siguió delante de ese escaparate, pensando si esa representación era la suya, si con ella podía matizar sus modos, su cansancio, lo nublado en sus ojos, sus ganas de contarle a quien fuera sus pesares.
No perdía nada ahí de pie, inmóvil, mirándose, evitando que sus pensamientos tomaran la forma de planteamientos inocuos, de ideas sin recorrido, que solo servían para sumirlo dentro de sus márgenes torcidos. Por eso, volvía sobre esa imagen, por unos minutos se sumió en un juego silencioso, bajaba y subía la mirada, hasta que cuando la bajó por enésima vez se percató de su sombra, esa oscura parte de sí mismo que se estiraba y empequeñecía de acuerdo con la luz que la alumbrara.
De esa forma descubrió que esa parte sombría lo acompañaba a todas partes para recordarle la sustancia de la que estaba hecho, como una voz ajena que resonaba en su memoria con una claridad cruel, creada a partir de sus temores de esos rituales silentes en los que se machacaba por sus desvaríos.
Podía ser distinto, en esencia lo era, aunque nadie más lo viera, aunque todos se alejaran y no comprendieran sus particularidades, tomándolo como alguien indigno, como un necio al que no valía la pena prestarle atención, al que era mejor negarle el saludo para no verse envuelto en situaciones inconexas.
Al concluir su soliloquio, volvió sobre su descubrimiento, había una esperanza tenue que se manifestaba en ese soporte que, raído y sucio, denotaba haber tenido mejores épocas, en las que probablemente se habría previsualizado en mejores circunstancias, en las que podía estar a su aire, podía transitar una tregua momentánea en la que nadie le exigía más de lo que podía dar.

