IGUAL QUE AYER

Tenía delante un folio y, para llenarlo, comenzó a escarbar en sus recuerdos, sin la certeza de que sería pertinente sentarse a discutir con sus demonios, esas voces disidentes que solían introducirlo en aventuras llenas de objeciones. En semejante situación, cedió el control a sus dedos. Los dejó libres para que deliberaran sobre la idoneidad de las palabras que utilizaría, de tal suerte que, si se le presentase alguna fricción entre sus sombras y fulgores, tendría a quien achacar su falta de empatía con el tema en ciernes, ese ente peliagudo que entrañaba una complejidad espinosa y entrampaba su disposición para desarrollarlo.
En el dintel de entrada hacia ese mundo de mentiras se sentía tentado por el fracaso, por eso se detenía a cada paso para hurgar en la raíz de sus motivos, en la trama de sus pulsiones, para hallar ese germen que daría pie a trazar los renglones útiles para adentrarse en el umbral de su inventiva.
Apelando al ardid de rememorar, confiaba en dejar en segundo plano el desgajarse en cavilaciones e ir directamente al centro neurálgico en donde las sensaciones trocaban en palabras, en constructos elaborados para dar consistencia a su creatura, a eso que había iniciado y, por ahora, no avanzaba.
Como era usual, se despistaba buscando los términos más resaltantes para ofrecérselos a las bellas letras, como una muestra de voluntad, un sacrificio que le permitiría continuar y no enredarse en reflexiones ingenuas.
Así, en ese ámbito, donde sus dudas asomaban, se sintió iluso al querer asirse a esa página inaugural, intacta de ideas, plagada de dificultades, en donde desplegaba su inclinación pueril, fruto de sus aspiraciones insustanciales, el llegar a su locus utópico.
Las culpables, sus distracciones, estaban por todas partes, lo empantanaban todo, enturbiaban su registro escritural, restando más de lo que aportaban, ya que al volver a ello no encontraba la forma de retomarlo, dejando a medias su proyecto en un instante de desaliento.
Se afirmaba en sus convicciones, perdía sus ímpetus lúcidos, por obra del marco tedioso al que se entregaba para asegurar su sustento. Se distanciaba de lo esencial, su aspiración única, tener el don de articular lo simbólico de su rutina, en preciosos registros, pero se veía retenido por la insipidez de los fríos guarismos que lo llevaban por sendas áridas, apagadas, sin atisbo de aliento, sin esa chispa, sin las inquietudes, sin ese pulso ansiado en la urdimbre de su destino.
Su mano adormitada, somnolienta por el curso diario, se atascó en un pliegue enredado, falto de discernimiento. Si estuviera más ejercitado le sería sencillo poner en letras sus silencios y plasmar en paisajes sus quimeras, no era el caso, le era costoso hilvanar más de dos términos en la misma línea y darles un flujo idéntico que afianzara su claridad, solo encontraba líneas errantes que se estorbaban y se escoraban en el sentido opuesto al que ansiaba llegar, con todo y ello, no quería dar todo por perdido, apelaría a su fondo, a su lado íntimo, su talento.