EL LIENZO

La galería, ubicada en una zona céntrica, tenía espacios extensos con buenas vistas, su estilo antiguo le daba un aire especial, su ornamentación (cuidada), recibía al visitante cuando ingresaba.
Pasaba por ahí y, al leer que la entrada era libre, me pareció una buena actividad para recordar los años bohemios.
No bien crucé la puerta, escuché una cantidad ingente de tecnicismos, cada cual más difícil, las charlas eran intrincadas, me sentía fuera de mi ambiente, todos parecían especialistas, estudiosos de la pintura.
Para no desentonar comencé a observar las pinturas expuestas, hasta que me detuve delante de una, sin más me vi reflejado en aquel conjunto cromático. Sus trazos no resultaban fatuos, su acabado era un remate sutil, en su simplicidad estaba su logro.
Las conversaciones intentaban ser cultas, tal vez lo eran, pero el hecho de que no tuviera los conocimientos necesarios hacía que no pudiera cotejar los argumentos que soltaban, podían estar expresando tonterías.
Su cualidad de no pecar de pretenciosa era su forma de decirle a la cara de los expertos que había más formas de expresarse, no solo las basadas en lo académico o en los postulados que la crítica elevaba como verdades absolutas. Por eso mismo, probablemente, estaba hecha por alguien que no seguía la norma; el verde que impregnaba sus motivos, le otorgaba unas características que le hacían sobresalir.
La técnica aplicada no era la que más destacaba, resultaba pueril, naif o incluso poco cuidada, algunos comentaban que su calidad no daba la talla para estar expuesta, indicando que lo mejor habría sido obviarla, excluirla.
La gente no dejaba de pasar a mis espaldas, me sorprendió, no era normal, las imágenes que me generaba estaban siendo cada vez más resonantes, me surgían muchas ideas, nuevas elucubraciones, mi cabeza no dejaba de tener disquisiciones, bullía. Aunque una parte de mí me decía que no dejaba de ser un simple cuadro, otra, por el contrario, me espetaba argumentaciones para dejarme llevar por la situación, por lo que estaba viendo, por ese ente cáustico de hechura orgánica.
Lo que me producía esta obra no me dejaba indiferente, por un momento el tiempo se detuvo, el ambiente se silenció, solo éramos esa imagen y yo, estábamos en una especie de simbiosis: esa obra me ofrecía sus secretos, yo le encontraba significados hechos a mi medida.
Nuestra charla silente era trepidante, acaparaba mi atención, no tenía ojos para nada más, estaba detenido en ese exiguo espacio asimilando los signos, las pinceladas, que observaba, por un momento se me ocurrió que no había sido una casualidad que estuviera ahí, había fuerzas que me empujaron a cruzar el dintel.
Para disfrutar de ese contexto, que semejaba una danza armónica, sin ánimo de llamar la atención, nos sumimos en una aventura sensorial, en la que le servía de intérprete ante la realidad.
Como acto reflejo cogí el móvil con la intención de engrosar mi galería fotográfica, cuando estuve a punto de hacerlo, me detuve, comprendí que esa vivencia era mejor guardarla solo para mí.