Tras varios intentos fallidos por obtener una respuesta, cayó en lo absurdo de todo, las semanas de espera, la desidia de los encargados, en suma, dejaba en mala posición la reputación de la empresa; su apatía era exasperante.
Mirándolo en retrospectiva su calvario comenzó el día en el que se le asignó la organización de la jornada de desconexión laboral, un día de confraternización y de esparcimiento para los empleados.
A pesar de su reticencia, no pudo negarse (era una imposición de los directivos), de tal modo que, sin tener idea alguna, se vio en la necesidad de buscar algún lugar idóneo.
Con más dudas que certezas se centró en no repetir las locaciones anteriores, por eso, después de una revisión profunda, se le ocurrió llevar a todos al parque de atracciones, confiaba en que no habría impedimento, todos estarían de acuerdo, revivirían su infancia.
Al evocar aquel lugar se retrotraía a su niñez, una experiencia maravillosa, uno de los recuerdos que más valoraba.
Acto seguido se lo planteó a los encargados, estuvieron de acuerdo, de esta forma validó su idea, ahora solo quedaba pasarse por ahí y hablar con algún responsable.
Su visita a aquel lugar no fue tan especial como imaginó, toda la magia que tenía en sus recuerdos había perdido fuelle, en la actualidad no llamaba tanto la atención, era evidente que su mejor momento había pasado, la dirección no se preocupó en modernizarlo.
A pesar de su desilusión, no decayó en su empeño, por eso, antes de retirarse, se acercó a una de sus oficinas para hablarles sobre su proyecto, pero no fue posible, una secretaria le informó que toda solicitud de información era por correo. En una comunicación resumida debía especificar las características del grupo que llevaría y, también, las fechas, algo importante, pues de acuerdo con ello le dirían si había disponibilidad.
Siguió las indicaciones, detalló su petición, fue lo más sucinto que pudo, una vez enviado espero a que respondieran, pero fue vana su paciencia, todo indicaba a que no tenían el más mínimo interés en contestarle, pese a todo, ahí no radicaba el fondo del asunto, el verdadero escollo era el calendario. Cuantos más días transcurrían, menos margen le quedaba para planificar otra opción.
Enfadado por el trato, llamó al número de atención al cliente, sin embargo, fue como hablar con una pared, no le supieron dar razón de nada, más bien le expresaron que probablemente se habría equivocado de dirección, ante esto expresó que estaba seguro de haberlo hecho correctamente, en tal escenario, viendo que no avanzaba la conversación, colgó.
Aun con ese desdén, persistió. Consciente de que el reloj corría en su contra, se concedió una semana de tregua antes de buscar otras alternativas.
El plazo estaba en vías de expirar cuando, al levantarse una mañana y encender el portátil, descubrió que, por fin, su solicitud había sido respondida.
Le hacía gracia pensar en lo cómico del trasfondo (por buscarle el lado bueno) y lo mucho que insistió. En consecuencia, su avidez por saber el contenido del mensaje aumentó. Sin más dilación, abrió la pestaña de mensajes nuevos, desplegó el contenido, leyó hasta la línea en la que decía: Gracias por ponerse en contacto. El mensaje se lo haremos llegar al departamento pertinente; sin más, cerró y se dijo: lo esperado. Ahora estaba con el agua al cuello.
Mirándolo en retrospectiva su calvario comenzó el día en el que se le asignó la organización de la jornada de desconexión laboral, un día de confraternización y de esparcimiento para los empleados.
A pesar de su reticencia, no pudo negarse (era una imposición de los directivos), de tal modo que, sin tener idea alguna, se vio en la necesidad de buscar algún lugar idóneo.
Con más dudas que certezas se centró en no repetir las locaciones anteriores, por eso, después de una revisión profunda, se le ocurrió llevar a todos al parque de atracciones, confiaba en que no habría impedimento, todos estarían de acuerdo, revivirían su infancia.
Al evocar aquel lugar se retrotraía a su niñez, una experiencia maravillosa, uno de los recuerdos que más valoraba.
Acto seguido se lo planteó a los encargados, estuvieron de acuerdo, de esta forma validó su idea, ahora solo quedaba pasarse por ahí y hablar con algún responsable.
Su visita a aquel lugar no fue tan especial como imaginó, toda la magia que tenía en sus recuerdos había perdido fuelle, en la actualidad no llamaba tanto la atención, era evidente que su mejor momento había pasado, la dirección no se preocupó en modernizarlo.
A pesar de su desilusión, no decayó en su empeño, por eso, antes de retirarse, se acercó a una de sus oficinas para hablarles sobre su proyecto, pero no fue posible, una secretaria le informó que toda solicitud de información era por correo. En una comunicación resumida debía especificar las características del grupo que llevaría y, también, las fechas, algo importante, pues de acuerdo con ello le dirían si había disponibilidad.
Siguió las indicaciones, detalló su petición, fue lo más sucinto que pudo, una vez enviado espero a que respondieran, pero fue vana su paciencia, todo indicaba a que no tenían el más mínimo interés en contestarle, pese a todo, ahí no radicaba el fondo del asunto, el verdadero escollo era el calendario. Cuantos más días transcurrían, menos margen le quedaba para planificar otra opción.
Enfadado por el trato, llamó al número de atención al cliente, sin embargo, fue como hablar con una pared, no le supieron dar razón de nada, más bien le expresaron que probablemente se habría equivocado de dirección, ante esto expresó que estaba seguro de haberlo hecho correctamente, en tal escenario, viendo que no avanzaba la conversación, colgó.
Aun con ese desdén, persistió. Consciente de que el reloj corría en su contra, se concedió una semana de tregua antes de buscar otras alternativas.
El plazo estaba en vías de expirar cuando, al levantarse una mañana y encender el portátil, descubrió que, por fin, su solicitud había sido respondida.
Le hacía gracia pensar en lo cómico del trasfondo (por buscarle el lado bueno) y lo mucho que insistió. En consecuencia, su avidez por saber el contenido del mensaje aumentó. Sin más dilación, abrió la pestaña de mensajes nuevos, desplegó el contenido, leyó hasta la línea en la que decía: Gracias por ponerse en contacto. El mensaje se lo haremos llegar al departamento pertinente; sin más, cerró y se dijo: lo esperado. Ahora estaba con el agua al cuello.

