Deambulando por una calle céntrica de la ciudad lo encontré, iba distraído y de repente alguien me saludó, en un primer instante no reaccioné, pero al hacerlo noté que un tipo canoso me saludaba desde una terraza, alguien que tenía un cierto parecido con un compañero de hacía muchos años atrás.
Si era él había cambiado desde la última vez que coincidimos, parecía que había envejecido, teníamos la misma edad, aunque en apariencia semejaba tener más años.
Cuando lo reconocí me acerqué a saludarlo, me invitó a sentarme y nos hicimos las preguntas de rigor, las que se suelen hacer por costumbre social, ¿cómo estás?, ¿qué tal todo?, ¿la familia?, ninguna pregunta fuera de lo normal, de tal modo que, en pocos minutos, nos pusimos al tanto.
Durante esa temporada, por lo menos yo, no había hecho nada memorable, me dedicaba a sobrevivir y con eso tenía bastante, en mi existencia no tenían lugar las acciones memorables, tenía pocas novedades para comentar.
Como no quería quedar en evidencia, cedí la iniciativa de la charla. Desde que lo conocí estaba claro que apuntaba maneras, por eso no me sorprendió escuchar que se dedicaba a…, un rubro que no entendía del todo, pero que le resultaba interesante a muchos, durante su intervención, no dejaba de preguntarme lo que le habría sucedido para verse tan envejecido, pero no saqué a colación el tema, preferí seguir atento a todo lo que decía, probablemente aparentaba estar bien, pero la realidad era otra.
Cuando hablaba se le notaba orgulloso de sus logros, no perdía la oportunidad para sacar a relucir sus conocimientos especializados, indicando las dificultades que existían en el mercado actual y las expectativas que generaban los avances en esa materia, incluso —añadía— cada día se descubrían nuevas aplicaciones, lo que sin duda determinaba el que estuviera a la vanguardia de cualquier campo que existiera.
No quise resultar maleducado, por eso me mantuve ahí aguantando su verborrea con un gesto afable, quería encontrar el momento adecuado para apelar a cualquier pretexto para excusarme, pero por más que lo intenté me resultó difícil hallarlo, hablaba hasta por los codos.
En ese momento estaba a otra cosa, indagando en el pasado para encontrar el motivo por el cual me hablaba con tanta confianza, con tanta familiaridad, como si me hubiera visto ayer, cuando ya habían transcurrido muchos años desde la última vez que hablamos. Quizás le caía bien porque siempre pasé de todo, me daba igual lo que sucediera a mi alrededor, en tanto no me perjudicara, nunca me metí en problemas.
Mientras pensaba en ello, el monólogo continuaba, para ese instante había añadido más detalles sobre su actividad, sobre sus funciones y más, denotaba manejo teórico y por lo visto no se detendría, tendría que esperar a que se cansara, al escuchar sus palabras me quedó claro que nuestra amistad simplemente se debió al haber coincidido en un momento de nuestras vidas, ya que durante este encuentro noté que no había nada de afinidad, incluso me resultaba insufrible.
Si era él había cambiado desde la última vez que coincidimos, parecía que había envejecido, teníamos la misma edad, aunque en apariencia semejaba tener más años.
Cuando lo reconocí me acerqué a saludarlo, me invitó a sentarme y nos hicimos las preguntas de rigor, las que se suelen hacer por costumbre social, ¿cómo estás?, ¿qué tal todo?, ¿la familia?, ninguna pregunta fuera de lo normal, de tal modo que, en pocos minutos, nos pusimos al tanto.
Durante esa temporada, por lo menos yo, no había hecho nada memorable, me dedicaba a sobrevivir y con eso tenía bastante, en mi existencia no tenían lugar las acciones memorables, tenía pocas novedades para comentar.
Como no quería quedar en evidencia, cedí la iniciativa de la charla. Desde que lo conocí estaba claro que apuntaba maneras, por eso no me sorprendió escuchar que se dedicaba a…, un rubro que no entendía del todo, pero que le resultaba interesante a muchos, durante su intervención, no dejaba de preguntarme lo que le habría sucedido para verse tan envejecido, pero no saqué a colación el tema, preferí seguir atento a todo lo que decía, probablemente aparentaba estar bien, pero la realidad era otra.
Cuando hablaba se le notaba orgulloso de sus logros, no perdía la oportunidad para sacar a relucir sus conocimientos especializados, indicando las dificultades que existían en el mercado actual y las expectativas que generaban los avances en esa materia, incluso —añadía— cada día se descubrían nuevas aplicaciones, lo que sin duda determinaba el que estuviera a la vanguardia de cualquier campo que existiera.
No quise resultar maleducado, por eso me mantuve ahí aguantando su verborrea con un gesto afable, quería encontrar el momento adecuado para apelar a cualquier pretexto para excusarme, pero por más que lo intenté me resultó difícil hallarlo, hablaba hasta por los codos.
En ese momento estaba a otra cosa, indagando en el pasado para encontrar el motivo por el cual me hablaba con tanta confianza, con tanta familiaridad, como si me hubiera visto ayer, cuando ya habían transcurrido muchos años desde la última vez que hablamos. Quizás le caía bien porque siempre pasé de todo, me daba igual lo que sucediera a mi alrededor, en tanto no me perjudicara, nunca me metí en problemas.
Mientras pensaba en ello, el monólogo continuaba, para ese instante había añadido más detalles sobre su actividad, sobre sus funciones y más, denotaba manejo teórico y por lo visto no se detendría, tendría que esperar a que se cansara, al escuchar sus palabras me quedó claro que nuestra amistad simplemente se debió al haber coincidido en un momento de nuestras vidas, ya que durante este encuentro noté que no había nada de afinidad, incluso me resultaba insufrible.

