El tiempo parecía haberse detenido, la barra de actualización, con el porcentaje del estado del proceso, no se movía, se estancó, solo había llegado al treinta por ciento y llevaba así más de una hora.
Cuando comenzó no notó nada raro, incluso, como de costumbre, lo dejó a un lado del portátil mientras se dedicaba a otras labores, pero en esta ocasión cuando quiso hacer una llamada le resultó imposible, este no había concluido.
¿Habría sucedido algún problema?, no tenía la certeza, el dispositivo no daba señales de concluir con la instalación del nuevo algoritmo, se mantenía en un estado estático.
Rememorando, en un inicio le pareció normal, era una situación similar a otras, el sistema se estaba actualizando solo, no era necesario intervenir, todo era automático como las veces anteriores, en dónde bastaba con seguir los pasos indicados y listo, no tenía más intríngulis la cuestión.
A pesar de esforzarse por mantener la calma, comenzó a preocuparse, ¿se habría estropeado el móvil o simplemente había entrado en un bucle?, su inexperiencia le resultaba una carga difícil de soportar, le jodía no tener los conocimientos necesarios para salir de aquel problema.
En tales circunstancias, le preocupaba perder el acceso a sus contactos, a los mensajes de texto, a toda la información que en ese pequeño universo poseía. En un acto de impaciencia, buscó alguna solución en línea, leyó en una nota suelta en Internet que el inconveniente podía solucionarse reiniciando el equipo, pero este no respondía, no sabía qué hacer.
Tenía la opción de contactar con soporte técnico, ¿qué diría?, ¿la verdad o inventaría una milonga?, tenía claro que no podía llamar y contar la ocurrencia que tuvo, forzar una actualización que aún no estaba disponible para su equipo o, simplemente, decir que solo dejó de funcionar haciéndose el desentendido, pasar por tonto que, para el caso, le venía de perlas. Tal vez colaría, pero conforme fueran indagando darían con el motivo, un uso indebido, aunque aquí dudaba, pues su manipulación fue a nivel software, no lo abrió ni nada por el estilo. A pesar de no estar seguro si en su caso podía hacer uso de la garantía, no habían pasado muchos meses desde su compra, se dijo que mejor era buscar otras alternativas.
Como no quería dar su brazo a torcer y verse en la situación de reconocer su derrota, siguió el consejo de reiniciar conforme indicaba el experto, pero no consiguió mejorar el asunto, este empeoró, la pantalla, sencillamente, se apagó.
Ahora estaba en un escenario más complicado, si el trasto había sufrido daños irreparables, perdería todo lo que tenía ahí, salvo que hubiera alguna otra forma que se le escapaba.
Pese a seguir manuales, consejos, tutoriales y más, no logró que encendiera.
Al ver que sus intentos, por encontrar alguna solución, resultaron infructuosos, dejó el teléfono en el escritorio, no quería agobiarse más de lo que estaba.
Para pasar página se dirigió al sofá, de vez en cuando, no obstante, miraba, con mucho pesar, en dirección al lugar en el que se encontraba aquel trasto, prueba infalible de su torpeza en las lides tecnológicas.
Cuando comenzó no notó nada raro, incluso, como de costumbre, lo dejó a un lado del portátil mientras se dedicaba a otras labores, pero en esta ocasión cuando quiso hacer una llamada le resultó imposible, este no había concluido.
¿Habría sucedido algún problema?, no tenía la certeza, el dispositivo no daba señales de concluir con la instalación del nuevo algoritmo, se mantenía en un estado estático.
Rememorando, en un inicio le pareció normal, era una situación similar a otras, el sistema se estaba actualizando solo, no era necesario intervenir, todo era automático como las veces anteriores, en dónde bastaba con seguir los pasos indicados y listo, no tenía más intríngulis la cuestión.
A pesar de esforzarse por mantener la calma, comenzó a preocuparse, ¿se habría estropeado el móvil o simplemente había entrado en un bucle?, su inexperiencia le resultaba una carga difícil de soportar, le jodía no tener los conocimientos necesarios para salir de aquel problema.
En tales circunstancias, le preocupaba perder el acceso a sus contactos, a los mensajes de texto, a toda la información que en ese pequeño universo poseía. En un acto de impaciencia, buscó alguna solución en línea, leyó en una nota suelta en Internet que el inconveniente podía solucionarse reiniciando el equipo, pero este no respondía, no sabía qué hacer.
Tenía la opción de contactar con soporte técnico, ¿qué diría?, ¿la verdad o inventaría una milonga?, tenía claro que no podía llamar y contar la ocurrencia que tuvo, forzar una actualización que aún no estaba disponible para su equipo o, simplemente, decir que solo dejó de funcionar haciéndose el desentendido, pasar por tonto que, para el caso, le venía de perlas. Tal vez colaría, pero conforme fueran indagando darían con el motivo, un uso indebido, aunque aquí dudaba, pues su manipulación fue a nivel software, no lo abrió ni nada por el estilo. A pesar de no estar seguro si en su caso podía hacer uso de la garantía, no habían pasado muchos meses desde su compra, se dijo que mejor era buscar otras alternativas.
Como no quería dar su brazo a torcer y verse en la situación de reconocer su derrota, siguió el consejo de reiniciar conforme indicaba el experto, pero no consiguió mejorar el asunto, este empeoró, la pantalla, sencillamente, se apagó.
Ahora estaba en un escenario más complicado, si el trasto había sufrido daños irreparables, perdería todo lo que tenía ahí, salvo que hubiera alguna otra forma que se le escapaba.
Pese a seguir manuales, consejos, tutoriales y más, no logró que encendiera.
Al ver que sus intentos, por encontrar alguna solución, resultaron infructuosos, dejó el teléfono en el escritorio, no quería agobiarse más de lo que estaba.
Para pasar página se dirigió al sofá, de vez en cuando, no obstante, miraba, con mucho pesar, en dirección al lugar en el que se encontraba aquel trasto, prueba infalible de su torpeza en las lides tecnológicas.

