FUTURO SOMBRÍO

Las compras desde el ordenador le resultaban cómodas y, como la gran mayoría, obviaba la lectura del acuerdo de servicio. Le parecía innecesario, por encima semejaba un galimatías puesto ahí para retrasar el proceso de adquisición, por eso sin dilación pasaba de una ventana a otra hasta llegar a la pasarela de pagos y de ahí continuar a la opción de descargar (el destino de sus expectativas).
De esta forma compró libros, juegos, películas y música, todo en formato digital. Sin quererlo, con el tiempo, se fue haciendo de una biblioteca más o menos extensa, que le generaba satisfacciones. A veces podía pasarse la tarde entera viendo una peli, jugando, leyendo o entreteniéndose con sus melodías, ese disfrute era difícil de explicar, además podía acceder a sus contenidos desde cualquier dispositivo, estuviera, donde estuviera, siempre que pudiera estar conectado a Internet.
Hasta que un día curioseando por la red de redes, leyó un post sobre las trampas en las cláusulas que se aceptaban durante las compras digitales, como el hecho de no ser propietario del producto digital, ya que solo era una licencia que, en cualquier momento, podía caducar.
Esto, al inicio, le pareció extraño, pues si fuera así, los encargados de velar por los derechos de los consumidores habrían puesto el grito en el cielo, ¿acaso no había unas asociaciones que se preocupaban por hacerlos valer? Descreído buscó los apartados en donde lo indicaban y confirmó lo que había leído, no daba crédito que por dejadez aceptara una cláusula de ese estilo.
Le parecía una broma de mal gusto, pues tenía la idea de que, al comprar cualquier producto, así fuese digital, le pertenecía, pero esto no era lo peor, las leyes actuales no contemplaban escenarios digitalizados, se habían anclado a una época diferente, quizás más sencilla, por eso, debido a sus particularidades, los legisladores pasaban por encima del tema y no se detenían a estudiarlo.
Su enfado se acrecentó conforme pasaba el tiempo, no le entraba en la cabeza que nadie se hubiera dado cuenta de eso antes, ya que creía que había instituciones encargadas de revisar los contratos que firmaban sus ciudadanos, todo en pro de la transparencia.
Tras analizarlo comprendió que la seguridad de estar protegido por unos derechos era ilusa, ya que nada le aseguraba que, ante una eventualidad (como esta), estos fueran respetados, bastaba con encontrarse a merced de cualquier institución que tuviera las facultades para vulnerarlos y los desconociera (en el acto) apelando a leguleyadas.
Por eso, en la situación actual, se sentía desprotegido, y como él un número incalculable de personas. Le causaba frustración el saber que pertenecía al grupo de los usuarios cuya opinión era fácilmente menospreciada, en consecuencia, era más fácil darles patente de corso a las grandes corporaciones (encargadas de mantener en funcionamiento el mercado).
Lamentablemente, toda la industria del entrenamiento iba por ese camino, se buscaba que todo fuera digital para poder tener el control y quitarle derechos al consumidor, el desconocimiento de lo que le esperaba en ese escenario era oscuro, no había nada a lo qué cogerse para ser optimista, ser optimistas nos han llevado a este punto —pensó—, el sistema era cada más perverso, utilizando nuevos dispositivos para seguir dominando, controlando.