MIL PASOS, UN LARGO CAMINO

Empezó a escribir al azar, en una hoja, sin embargo, pronto notó que, al releer lo redactado, no era lo que le apetecía plasmar.
Tenía carencias de todos los tipos, en forma y contenido, ¿cuántos años llevaba haciendo esto?, había perdido la cuenta, pero cualquier otro tendría la habilidad necesaria para producir algo mejor.
Conocía a muchos que practicando se habían vuelto grandes autores, por eso se decantó por seguir esa senda, en busca de demostrarse, a sí mismo, que podía elaborar ficciones que motivaran más ficciones, pero, por lo visto, eso no se aplicaba a él.
Aunque no fuera especialmente intrincado estaba claro que, en esas lides, era un negado.
No bastaba con querer, no por llenar muchas páginas llegaría a mejorar en sus redacciones, más bien se estaba engañando, creyendo que llegaría a ser algo que jamás podría ser, el olimpo al que quería acceder no estaba abierto para todo el mundo.
Probablemente el creerse a pie juntillas la premisa de que era capaz de hacer lo que quisiera, solo era necesario proponérselo, si lo sueñas lo cumples, lo hizo embarcarse en esa aventura, convencido de que lo conseguiría, pero, en su caso, no bastaba con soñarlo, le faltaba lo esencial.
En tal situación, no quería darse por vencido, seguía empeñado en que lo conseguiría, por eso no paraba y continuaba, muy a su pesar, llevando esa piedra a cuestas, como Sísifo, un ente absurdo enfrascado en sus sinsentidos.
Se castigaba, un día sí y otro también, sin comprender que no valía la pena escribir siempre lo mismo, textos esquematizados que, fácilmente, se podían aprender a elaborar en cualquier taller engaña bobos.
Estaba bien que practicara, pero sí producía textos sin alma, en vano era desgastarse, de nada valía romperse la cabeza para buscar el tema adecuado, de nada valían sus malas noches, si le aplicaba la misma plantilla a todo, por eso, mientras no comprendiera que un texto era algo más que una simple mezcla de palabras seguiría asomándose a ese umbral sin conseguir traspasarlo, ya que siempre habría algún guardián que le negara el paso.
De este modo, cegado por su práctica insustancial, se mantenía terco en su insensatez, igual si llego al texto mil, se convencía, podré decir que lo intenté. Mas no bastaba con intentarlo, si quería producir creaciones de altura tenía que quemarse en ellas, perderse en sus líneas, sacar a relucir su cara oculta, desnudarse ante el lector, por algo escribir era mostrarse tal cual, sin filtros, demostrar que sus hervores, querencias, eran su leitmotiv.
Por eso mismo, podía manejar la técnica, conocer, al derecho y al revés, cientos de recetas, pero eso no le daba la seguridad de que elaboraría creaturas destacables, quizás sí, olvidables.
De ahí que a sus escritos les faltara chispa y esa personalidad que los hiciera únicos, al que llegaría el sediento a saciar su sed.
En suma, podía escribir mil textos más, pero si continuaba, como hasta ahora, cuando despertara de su necedad, comprendería que el tiempo invertido en su obcecación, era tiempo perdido, tiempo que no volvería, tiempo que, más bien, lo desgastó y agrió su percepción, pues no era más que un juntaletras con aspiraciones desmedidas.