Acostumbrado a soñar, la encontró en uno de sus tantos senderos, plasmando sus deseos, despertando a su lado y cincelando una utopía en su piel.
Sabía que era ella, reconocía su rostro, sus formas, sus modos, todo aquello que la caracterizaba.
El sitio en el que se hallaba le resultaba conocido, era uno de aquellos en el que solían confluir sus causes, pero se entremezclaba con imágenes del presente, el estilo de las construcciones era un indicio.
De repente, aparecían unas escaleras de granito en las que, conversando, se les pasaba la tarde y les pillaba el anochecer, ese anochecer que lo cubría todo con su magia, llevándolos a sentirse sosegados, yendo a una velocidad distinta a la de los figurantes que los rodeaban, en ese tiempo, su tiempo, no dejaban que nada los perturbara, solo importan ellos, se decían lo mismo siempre, mas al despertar, por más que intentaba, no recordaba de lo que hablaban, sus palabras se esfumaban sin dejar rastros en su memoria.
Durante la vigilia tenía una leve idea de lo soñado, pero no se plasmaba en una construcción reconocible, sus partes iban y venían, sin tener la certeza necesaria de vislumbrar un futuro prometedor.
Manteniendo esa dinámica, continúa en ese ciclo, sueña para no recordar, se despierta y sigue su vida como si nada, obviando el sentido de aquellas capturas que se le aparecen al pernoctar.
Conforme avanza en el sueño confía en que recibirá una llamada, en la que le diga, ven, encontrémonos, repitamos nuestros paseos, diciéndole que la distancia sirvió para descubrir la importancia de acompañarse.
Hasta que despierta desconcertado, intenta tranquilizarse, es imposible, hoy no puede seguir con su ritmo acostumbrado, aunque sigue sin entender lo que oye (esas vibraciones ininteligibles que verbaliza) trata de ficcionar, ¿será un mensaje oculto?, ¿recibirá una llamada?, ¿lo conminará aquel anhelo a plasmarlo?
Sabe que no puede vivir de quimeras, mejor es lo factible, aquello a lo que se puede agarrar para dejar de lado las dudas que no lo dejan en paz y que se manifiestan en un laberinto en donde la lógica diurna pierde fuelle. De este modo, sumido en ese sueño, delibera con sus artificios, en una charla necia, oscureciendo aún más el discurrir de sus pasos, confiando en que despertará, olvidando en el proceso todo aquello que lo aflige, aunque esto solo sea un delirio.
En el trayecto a la realidad se consuela, no tiene la certeza de que ese sueño se vaya a cumplir y de que, escena a escena, se plasme en sus verdades, mantiene la calma, confía en dejar de lado sus inseguridades, pues sabe que son un yugo aplastante, una tara que no consigue evitar.
En ese sendero, y aun con esos vestigios, trata de enfocarse en lo esencial: en el significado de su fantasía, porque así no quiera reconocerlo, extraña esos momentos, se siente abatido, busca una ilusión que lo ayude a seguir, ahí reside su avidez, por suerte no tendrá que imaginarla, la conoce y la tiene grabada en lo profundo de sus entrañas.
Sabía que era ella, reconocía su rostro, sus formas, sus modos, todo aquello que la caracterizaba.
El sitio en el que se hallaba le resultaba conocido, era uno de aquellos en el que solían confluir sus causes, pero se entremezclaba con imágenes del presente, el estilo de las construcciones era un indicio.
De repente, aparecían unas escaleras de granito en las que, conversando, se les pasaba la tarde y les pillaba el anochecer, ese anochecer que lo cubría todo con su magia, llevándolos a sentirse sosegados, yendo a una velocidad distinta a la de los figurantes que los rodeaban, en ese tiempo, su tiempo, no dejaban que nada los perturbara, solo importan ellos, se decían lo mismo siempre, mas al despertar, por más que intentaba, no recordaba de lo que hablaban, sus palabras se esfumaban sin dejar rastros en su memoria.
Durante la vigilia tenía una leve idea de lo soñado, pero no se plasmaba en una construcción reconocible, sus partes iban y venían, sin tener la certeza necesaria de vislumbrar un futuro prometedor.
Manteniendo esa dinámica, continúa en ese ciclo, sueña para no recordar, se despierta y sigue su vida como si nada, obviando el sentido de aquellas capturas que se le aparecen al pernoctar.
Conforme avanza en el sueño confía en que recibirá una llamada, en la que le diga, ven, encontrémonos, repitamos nuestros paseos, diciéndole que la distancia sirvió para descubrir la importancia de acompañarse.
Hasta que despierta desconcertado, intenta tranquilizarse, es imposible, hoy no puede seguir con su ritmo acostumbrado, aunque sigue sin entender lo que oye (esas vibraciones ininteligibles que verbaliza) trata de ficcionar, ¿será un mensaje oculto?, ¿recibirá una llamada?, ¿lo conminará aquel anhelo a plasmarlo?
Sabe que no puede vivir de quimeras, mejor es lo factible, aquello a lo que se puede agarrar para dejar de lado las dudas que no lo dejan en paz y que se manifiestan en un laberinto en donde la lógica diurna pierde fuelle. De este modo, sumido en ese sueño, delibera con sus artificios, en una charla necia, oscureciendo aún más el discurrir de sus pasos, confiando en que despertará, olvidando en el proceso todo aquello que lo aflige, aunque esto solo sea un delirio.
En el trayecto a la realidad se consuela, no tiene la certeza de que ese sueño se vaya a cumplir y de que, escena a escena, se plasme en sus verdades, mantiene la calma, confía en dejar de lado sus inseguridades, pues sabe que son un yugo aplastante, una tara que no consigue evitar.
En ese sendero, y aun con esos vestigios, trata de enfocarse en lo esencial: en el significado de su fantasía, porque así no quiera reconocerlo, extraña esos momentos, se siente abatido, busca una ilusión que lo ayude a seguir, ahí reside su avidez, por suerte no tendrá que imaginarla, la conoce y la tiene grabada en lo profundo de sus entrañas.

