LE NOIR

La tecla estaba ahí, impasible, indiferente, esperando a ser presionada, con ello bastaría para enviar el mensaje.
Durante la noche mis ansias por iniciar el contacto hervían, me apetecía hablar con esa voz del pasado, comentarle mi actualidad y los cambios que había sufrido.
Antes de hacerlo se detuvo, lo revisó, lo releyó intentando confirmar su sentido.
Mis ímpetus, cada vez más desbordados, me empujaban a saber sobre su devenir…, desde esa última vez, desde aquella instantánea que guardé en mis evocaciones, esa imagen en aquel lugar, ahora, lejano, mas en ese momento familiar.
Luego se centró en los datos de destino, tendría que asegurarse si el correo estaba correcto, una vez confirmado estaba listo, si el acto seguía su curso, nada lo detendría.
Volví, de forma instintiva, a esas primeras palabras que intercambiamos, a los gestos en su rostro, a esa existencia en la que me perdía y descubría, cuando paseábamos por las calles.
Más adelante, en actitud contemplativa, se centró en la pantalla.
En ocasiones me pregunto qué tiene ese recuerdo, qué hizo de él un hecho imborrable, cuándo se convirtió en un punto absoluto, en el nudo de mi historia, en el nexo que definió mi presente.
No tenía dudas, le apetecía contactar.
Custodio en mi memoria nuestra despedida, ese momento en el que nos alejamos en la terminal, en el que tomamos rumbos diferentes, en el que vimos cómo nos distanciábamos.
La acción era sencilla, mandar el mensaje y esperar la respuesta, pero, siguió sin enviarlo.
Desde aquella última vez el mundo había cambiado, aquellos que se despidieron seguirían repitiendo esa escena eternamente, sin embargo, nosotros éramos otros.
Aun teniendo el mensaje escrito, al final se detuvo, se dijo que lo mejor era mantener intacto ese recuerdo, mantener aquella rememoración inalterable, congelada en el tiempo, sin capítulos añadidos, ni notas a pie de página.
Sabía que no éramos los mismos de entonces, habríamos sufrido, gozado, anhelado, en la misma medida o en diferente proporción, tendríamos nuevas experiencias, vivencias, así como nuevas gentes en nuestras vidas.
La puerta se había cerrado, era iluso intentar abrirla, debía entender que era agua pasada, era mejor dejarla en paz sin agobiarla con sus cuitas del ahora.
Te recordaba con cariño, pero, tal vez, tú no, probablemente vivía de un espejismo, de una ensoñación que se volvería humo al querer plasmarla.
Reaccionó y comprendió que sería insensato volver sobre aquella página, corría el riesgo de romper esa imagen ideal y perfecta, de deshacer lo aprendido, de enturbiar su impronta perenne.
Mis ansias estaban alimentadas por lo que me hiciste sentir, por mi deificación de lo que vivimos, por todos aquellos constructos que alumbraban mis argumentaciones, por esas huellas que se manifestaban en mis sensaciones efímeras.
Aquel tomo había sido sellado a perpetuidad por el destino.
No me quería quedar con la duda de lo que podía haber pasado, pero exactamente era eso, pasado, me dolía no tener la fuerza suficiente y alzarme sobre mi razón.
De esta forma decidió borrar lo que tenía redactado, no valía la pena manchar aquel recuerdo al que volvía para alegrarse, el que se había convertido, con el paso de los años, en su Ítaca a la que regresaba en sus días aciagos.