DUEÑOS DE NADA

Conforme evolucionaba el escenario, intuía que la industria del entretenimiento, a la que apoyó durante años, no lo tenía como un consumidor ideal, ya que no se callaba ante el atropello de sus derechos y no aceptaba a pie juntillas las prácticas comerciales abusivas. Por eso adoptó una postura firme frente a la evolución del mercado, empeñada en prescindir de las voces críticas.
Cuando se levantó aquel día la información resonaba por doquier: el mundo del ocio dejaría de lado el formato físico y se centraría únicamente en lo digital.
Le sorprendió este hecho, pues no había leído noticias que le hicieran prever que algo así pasaría, no cabía duda de que esta medida se tomó a espaldas del público, las empresas, enfocadas en abaratar costes, echarían el cierre a su división destinada a fabricar y distribuir los soportes tangibles.
Conforme se empapaba más sobre el tema, se sentía más devastado y desilusionado, si se consolidaba la transición exclusiva hacia el entorno virtual, le arrebatarían ese gratificante hábito de perderse por los pasillos de las tiendas buscando tesoros para coleccionar. Todo lo que adquiría podía decir que era suyo, pues lo usaba cuando y en dónde quería, más allá de estar, o no, conectado a cualquier plataforma de contenidos bajo demanda.
Con esto, el horizonte se perfilaba aciago, seríamos esclavos del alquiler digital, pagando de por vida por algo que nunca sería nuestro, solo nos venderían la idea de pertenencia, cuando en realidad se nos ofrecería una licencia de uso con fecha de caducidad o, en su defecto, se nos impediría disfrutar, alegando alguna leguleyada.
Según su criterio esto no iba de adaptarse a las dinámicas actuales, porque lejos de ser un tecnófobo era un entusiasta defensor de sus avances, le gustaba estar a la vanguardia. Por este motivo no le valía que, en una corriente mayoritaria, muchos se escudaran en el argumento simplista de se veía venir, añadiendo que, ante la evidente quiebra comercial del soporte analógico, este desenlace resultaba inevitable. Afirmaciones de este estilo eran superficiales (y peligrosas), debido a que perdían de vista que había algo más importante en juego: la posibilidad de elegir. Si un formato se alzaba en desmedro de otro, perderíamos ese derecho, en consecuencia, tendríamos que ceñirnos a las preferencias (interesadas) de las grandes corporaciones.
Por más que se devanaba los sesos no podía creer que la industria estuviera tan obcecada, una estrategia inteligente buscaría un equilibrio, un punto intermedio, para mantener un modelo de negocio que, cuando menos, en su entorno tendría gran acogida, dado que buena parte de sus amigos y conocidos eran adeptos incondicionales de los objetos materiales.
Confiando en que nadie lo haría dar un paso atrás, valoraba sus posesiones, además le daban colorido a su piso, sin ellas sería un espacio frío, desolado, soso.
De reojo se fijó en sus estanterías y se convenció, aún más, de que todo esto no pasaba de ser un delirio de las élites capitalistas. De ahí que, si en última instancia el sector no rectificaba, tendría que asimilar el sinsabor de ser tomado como un cliente irrelevante.