Inicialmente lo obviábamos, lo sufríamos silentemente, achacándolo a las diferencias que nos caracterizaban, nuestros posicionamientos opuestos, nuestras ideas que solíamos defender a rajatabla, llegaba un momento en el que lo exteriorizábamos.
El sosiego estaba llegando a su fin, se percibía, el estar por estos lares era asfixiante.
Pese a ello, teníamos puntos de encuentro, nudos en los que coincidíamos. Nosotros éramos actores de nuestra obra, nada adyacente nos podía condicionar.
Bastaba con admirar el entorno para sentir el sinvivir, estar a la defensiva era protegerse, veíamos todo oscuro, sin una salida aparente.
La sensación era fluctuante, iba y venía, podíamos estar temporadas enteras tranquilos, éramos más productivos, salíamos, nos divertíamos. Eran situaciones interesantes, enriquecedoras, recuperábamos rememoracion
El sosiego estaba llegando a su fin, se percibía, el estar por estos lares era asfixiante.
Pese a ello, teníamos puntos de encuentro, nudos en los que coincidíamos. Nosotros éramos actores de nuestra obra, nada adyacente nos podía condicionar.
Bastaba con admirar el entorno para sentir el sinvivir, estar a la defensiva era protegerse, veíamos todo oscuro, sin una salida aparente.
La sensación era fluctuante, iba y venía, podíamos estar temporadas enteras tranquilos, éramos más productivos, salíamos, nos divertíamos. Eran situaciones interesantes, enriquecedoras, recuperábamos rememoracion
es distanciándonos de las rutinas.
Se nos ocurrió alejarnos, dejar atrás esos húmeros ajados, empezar de cero, mas era inviable, nuestros compromisos eran infranqueables.
En un afán por evadirnos, alejarnos, ideamos soluciones, desconectaríamos, saldríamos hacia lo ignoto. Lo dejamos en manos de la suerte, improvisamos, la decisión sería gracias a los hados, nos embarcaríamos en una exploración peculiar,
aguardaríamos hasta dar con la clave a nuestro infortunio.
Durante ese lapso nos redescubrimos, aquello lejano se trocaba en familiar, volvimos a momentos que aplazamos, olvidados, nos permitimos disfrutar olvidando nuestras obligaciones.
Así dejamos de pensar como solíamos, nos venía bien. Apartamos lo molesto, lo anexo, y seguimos en ese proceso, nos venía bien pasar el tiempo en compañía, observando a los demás y preguntándonos sobre sus cuitas, sus desavenencias no serían raras, eran parte de convivir, las motivaciones podían diferir, variar en las formas, pero en el fondo eran similares, estaba en nuestra naturaleza, en nuestras características, que nos costaba aceptar, pues nos negábamos al sentido de pertenencia, queríamos ir por libre, nos sentíamos especiales, diferentes al resto, dueños de una esencia identitaria alejada de la morralla.
Debíamos volver, conforme nos acostumbrábamos a esos reductos, el asueto llegaba a su fin.
Gracias a esta experiencia contábamos con poder hacerle frente a lo cotidiano, a lo que se anidaba en nosotros como una peste, como un mal que no lográbamos extirpar.
De vuelta, durante el trayecto, sentíamos nuevos nexos, éramos fortísimos, nadie nos quitaría esa idea, nuestra seguridad era única, fuerte, blindada por nuestra vivencia. Pero esa certidumbre menguaba al acercarnos a lo urbano, al contenedor de nuestros fantasmas que nos recordaba el motivo de habernos apartado.
Bastó con sentir a la ciudad en nuestros pies, para sentirnos contradictorios, para evocar los nubarrones que envolvían lo cognitivo, el ritmo difería, no era necesario usar el ingenio, se percibía abarcando todo lo que cogía, todo lo que su sombra alcanzaba.
Al transitar las calles ansiábamos correr, pero nos sentíamos inmersos en ese territorio sombrío, de rúas invariables, inmanentes, nefastas para nuestros deseos. Por callejones nauseabundos, paupérrimos, nos acercábamos a nuestra residencia, viendo el panorama sombrío nos volvía el pesimismo.
Con el temor de no dejar de sentirlo, abrimos la puerta, el entorno era el que era, no había más opciones, paso a paso nos adentramos en ese espacio al que llamábamos hogar.
Se nos ocurrió alejarnos, dejar atrás esos húmeros ajados, empezar de cero, mas era inviable, nuestros compromisos eran infranqueables.
En un afán por evadirnos, alejarnos, ideamos soluciones, desconectaríamos, saldríamos hacia lo ignoto. Lo dejamos en manos de la suerte, improvisamos, la decisión sería gracias a los hados, nos embarcaríamos en una exploración peculiar,
aguardaríamos hasta dar con la clave a nuestro infortunio.
Durante ese lapso nos redescubrimos, aquello lejano se trocaba en familiar, volvimos a momentos que aplazamos, olvidados, nos permitimos disfrutar olvidando nuestras obligaciones.
Así dejamos de pensar como solíamos, nos venía bien. Apartamos lo molesto, lo anexo, y seguimos en ese proceso, nos venía bien pasar el tiempo en compañía, observando a los demás y preguntándonos sobre sus cuitas, sus desavenencias no serían raras, eran parte de convivir, las motivaciones podían diferir, variar en las formas, pero en el fondo eran similares, estaba en nuestra naturaleza, en nuestras características, que nos costaba aceptar, pues nos negábamos al sentido de pertenencia, queríamos ir por libre, nos sentíamos especiales, diferentes al resto, dueños de una esencia identitaria alejada de la morralla.
Debíamos volver, conforme nos acostumbrábamos a esos reductos, el asueto llegaba a su fin.
Gracias a esta experiencia contábamos con poder hacerle frente a lo cotidiano, a lo que se anidaba en nosotros como una peste, como un mal que no lográbamos extirpar.
De vuelta, durante el trayecto, sentíamos nuevos nexos, éramos fortísimos, nadie nos quitaría esa idea, nuestra seguridad era única, fuerte, blindada por nuestra vivencia. Pero esa certidumbre menguaba al acercarnos a lo urbano, al contenedor de nuestros fantasmas que nos recordaba el motivo de habernos apartado.
Bastó con sentir a la ciudad en nuestros pies, para sentirnos contradictorios, para evocar los nubarrones que envolvían lo cognitivo, el ritmo difería, no era necesario usar el ingenio, se percibía abarcando todo lo que cogía, todo lo que su sombra alcanzaba.
Al transitar las calles ansiábamos correr, pero nos sentíamos inmersos en ese territorio sombrío, de rúas invariables, inmanentes, nefastas para nuestros deseos. Por callejones nauseabundos, paupérrimos, nos acercábamos a nuestra residencia, viendo el panorama sombrío nos volvía el pesimismo.
Con el temor de no dejar de sentirlo, abrimos la puerta, el entorno era el que era, no había más opciones, paso a paso nos adentramos en ese espacio al que llamábamos hogar.

