Al entrar en aquella tienda, le llamó la atención la tapa
color naranja de un libro y la imagen que contenía, desconocía el nombre del
autor y la editorial, pero qué más daba, le gustaba como se veía e incluso se
lo imaginó siendo de su propiedad, llevándoselo para casa y colocándolo en la
estantería que tanto le costó obtener.
A causa de lo limitado, en metros cuadrados, del piso en el
que vivía, las dimensiones de cualquier mueble debían ser precisas. Por este
motivo no podía ser demasiado aparatoso —detestaba la contaminación visual—, ni
tampoco excesivamente pequeño como para que resultara meramente decorativo.
Siguió pensando en lo bien que se vería junto a sus otros textos.
Que le surgiera esta imagen era una señal, por eso se convenció de que ese
ejemplar debía ser para él.
Tras no encontrar lo que buscaba, se vio en la necesidad de
contratar los servicios de un carpintero. El enser, finalmente, sería hecho a
la medida.
Al inicio tenía sus dudas, ya que no lo conocía de nada, había
cogido su numero de un anuncio que encontró en la calle, pero conforme
avanzaban los días quedó, gratamente, asombrado por el arte que demostraba al
trabajar la madera.
Los acabados llamaban la atención y resaltaban por los
detalles, evidentemente, era un trabajo hecho con minuciosidad.
Cuando veía cualquier objeto y podía previsualizarlo en
alguno de sus espacios, ese elemento tenía muchas probabilidades de terminar en
sus manos.
Desde ese momento pudo ordenar sus tomos, dejaron de estar
esparcidos por todas partes, lo que, en consecuencia, otorgaba una imagen
caótica que se repartía por todo el departamento.
Así pues, el estante sirvió para despejar el panorama, su
espacio habitual parecía otro, incluso le resultaba más grande, de algún modo
el agobio que sentía a diario había desaparecido, comenzó a creer que podía ser,
sencillamente, algo mental.
Con premura se lo acercó al encargado, no preguntó el
precio, lo pagó sin más, en ocasiones hay que dejarse llevar por el impulso de
comprar un libro al azar —se dijo.
Incluso, su entorno mejoró, en otras circunstancias hubiera
preferido salir o demorarse, a propósito, para no estar recluido dentro de esos
muros asfixiantes, pero, tras adecentar todo, se sentía más a gusto.
Al llegar a casa colocó la nueva adquisición en su librero
y, como lo había previsto, se veía muy bien, incluso su color no desentonaba
con el de los demás ejemplares, había sido una buena compra —quedó satisfecho.
Después de esta primera alegría, preparó todo para leerlo a
gusto, de este modo comprobaría si el contenido estaba a la altura de su forma.
Siguió sus ritos de costumbre, se puso ropa cómoda y se
descalzó, le fascinaba andar así por casa, el hecho de llevar los pies desnudos
le resultaba placentero, además se preparó una bebida, para paliar la sed —expresó.
Cuando tuvo todo listo, se acercó a su escritorio y se
acomodó en el asiento, estaba listo para empezar a dar rienda suelta a su
inventiva y a las imágenes que le provocaría la lectura.

