Los hechos, en su mayoría, habían sucedido en lugares a los que nadie quería acercarse, por este motivo habían surgido una serie de elucubraciones, decían que entes de otros planos aparecían y asustaban a todo aquel que pillaban desprevenido.
—Suena interesante.
El libro afirmaba que la experiencia era distinta, podía variar entre los que admiraran el hecho, el motivo era un misterio, pero si se interrogaba a un grupo de personas, por poner un ejemplo, cada una tendría una versión particular de la experiencia, podía diferir de las del resto.
—¿Cómo una epifanía?
—No sé si sería algo así, pero su forma de percibir tal situación era opuesta.
Cuando leyó lo de los planos, entendió que vivíamos en una realidad aparente, rodeada de más capas, cada una de ellas con sus propias características y reglas que las diferenciaban de las demás.
—Menuda frikada.
—Hay cosas que se te graban como una instantánea y te acompañan para siempre.
—Se nota que te impactó.
—Y como no, era jovencito, además, era la primera vez que veía un ejemplar de ese tipo, estaba acostumbrado a otros, pero no a uno así.
Recordaba que lo llevó un compañero de la escuela, estudiaba en un colegio religioso, la tapa era negra y, para dar más énfasis, en la portada venía colocado el retrato de lo que, aparentemente, era un alma.
—El autor habría visto muchas para dibujar una.
—Probablemente, solo digo lo que me pareció.
—¿Tú has visto muchas?
—No, por eso te digo, expresamente, que me pareció.
No le interesaba el tema, pero sí le daba curiosidad, le atraía lo que no comprendía.
—Yo prefiero lo contrario.
Solo pudieron ojear unas cuantas hojas, hasta que vino el hermano encargado y, sin dar explicaciones, lo incautó, de inmediato se lo hizo llegar al director, un cura que resultaba amistoso, pero era bastante estricto, por eso sabían que estaban metidos en un problema, incluso hicieron ir a sus padres a la escuela, parecía que habían matado a alguien.
—Sí transgredes las normas, te atienes a las represalias, aún más en esos centros tan prejuiciosos.
—A mí me suspendieron una semana.
Quien se llevó la mayor pena fue el que tuvo la ocurrencia de llevar el libro, durante varios días se le perdió la pista y cuando volvió a continuar con sus estudios se mostró compungido, se decía que sus padres se lo hicieron pasar mal hasta que comprendió el alcance de su error.
—Pobre.
Con este hecho, los del centro crearon un precedente, todos habían observado lo que les podía pasar si osaban llevar libros prohibidos a la escuela.
—Menudas libertades.
—Lo peor de todo es que nunca nos advirtieron o nos dieron una lista de los textos que podíamos leer o no.
El escrito no era transgresor, ni nada por el estilo. Mientras lo leían les resultaba curioso, como cualquier otro libro, por eso les pareció excesivo el comportamiento de las autoridades escolares.
—Esto lo comprendí muchos años después, en ese momento pensé que era lo correcto.
—Suele suceder, cuando estás inmerso en un ambiente así, te parece bien.
La vergüenza que le hicieron pasar, al chico, le sirvió para escarmentar y para no salirse del redil, resultaba chocante, no era un delincuente, pero lo hicieron sentir así.
—Solo faltaba que lo pasearan por cada salón.
—Sí, solo…
Aunque le hubiera gustado seguir leyéndolo, no fue posible, se lo llevaron de una forma tal que daba la impresión de que era un elemento radioactivo.
—Les daba sarpullido llevarlo.
No le siguió el rastro al tema. Tras el incidente, se les advirtió, bajo pena de un castigo más severo, que no se debía hablar de ello. En tales circunstancias se vieron obligados a obedecer.
—¿Y el libro?
—Se lo quedaron, no se supo más de él, quizás lo guardaron en sus archivos, aunque lo más probable es que ardiera con la basura que quemaban una vez por semana.
—Los religiosos están acostumbrados a quemar libros.
—Créeme he intentado encontrar una copia, pero me ha resultado imposible, he buscado en tiendas de usados, pero no, no lo he hallado.
—Probablemente era una edición limitada.
—Ni idea, resultaba interesante.
Si hubiera sabido que era la única vez que lo iba a tener entre las manos, habría anotado el nombre del autor y la editorial, pero no se le ocurrió.
—Ahora le podrías hacer una foto.
—Si hubiera tenido un móvil en aquel tiempo, claro, incluso me hubiera guardado instantáneas de las páginas que pude ver.
Con el paso de los años comprendieron que lo mejor, para evitar el embrollo, hubiera sido revisarlo en un lugar alejado de los ojos inquisidores, pero no fueron conscientes de lo que pasaría.
—Pues menudo lumbreras tu colega, llevar un libro de ese estilo a un colegio de curas.
—Éramos unos críos.
—Suena interesante.
El libro afirmaba que la experiencia era distinta, podía variar entre los que admiraran el hecho, el motivo era un misterio, pero si se interrogaba a un grupo de personas, por poner un ejemplo, cada una tendría una versión particular de la experiencia, podía diferir de las del resto.
—¿Cómo una epifanía?
—No sé si sería algo así, pero su forma de percibir tal situación era opuesta.
Cuando leyó lo de los planos, entendió que vivíamos en una realidad aparente, rodeada de más capas, cada una de ellas con sus propias características y reglas que las diferenciaban de las demás.
—Menuda frikada.
—Hay cosas que se te graban como una instantánea y te acompañan para siempre.
—Se nota que te impactó.
—Y como no, era jovencito, además, era la primera vez que veía un ejemplar de ese tipo, estaba acostumbrado a otros, pero no a uno así.
Recordaba que lo llevó un compañero de la escuela, estudiaba en un colegio religioso, la tapa era negra y, para dar más énfasis, en la portada venía colocado el retrato de lo que, aparentemente, era un alma.
—El autor habría visto muchas para dibujar una.
—Probablemente, solo digo lo que me pareció.
—¿Tú has visto muchas?
—No, por eso te digo, expresamente, que me pareció.
No le interesaba el tema, pero sí le daba curiosidad, le atraía lo que no comprendía.
—Yo prefiero lo contrario.
Solo pudieron ojear unas cuantas hojas, hasta que vino el hermano encargado y, sin dar explicaciones, lo incautó, de inmediato se lo hizo llegar al director, un cura que resultaba amistoso, pero era bastante estricto, por eso sabían que estaban metidos en un problema, incluso hicieron ir a sus padres a la escuela, parecía que habían matado a alguien.
—Sí transgredes las normas, te atienes a las represalias, aún más en esos centros tan prejuiciosos.
—A mí me suspendieron una semana.
Quien se llevó la mayor pena fue el que tuvo la ocurrencia de llevar el libro, durante varios días se le perdió la pista y cuando volvió a continuar con sus estudios se mostró compungido, se decía que sus padres se lo hicieron pasar mal hasta que comprendió el alcance de su error.
—Pobre.
Con este hecho, los del centro crearon un precedente, todos habían observado lo que les podía pasar si osaban llevar libros prohibidos a la escuela.
—Menudas libertades.
—Lo peor de todo es que nunca nos advirtieron o nos dieron una lista de los textos que podíamos leer o no.
El escrito no era transgresor, ni nada por el estilo. Mientras lo leían les resultaba curioso, como cualquier otro libro, por eso les pareció excesivo el comportamiento de las autoridades escolares.
—Esto lo comprendí muchos años después, en ese momento pensé que era lo correcto.
—Suele suceder, cuando estás inmerso en un ambiente así, te parece bien.
La vergüenza que le hicieron pasar, al chico, le sirvió para escarmentar y para no salirse del redil, resultaba chocante, no era un delincuente, pero lo hicieron sentir así.
—Solo faltaba que lo pasearan por cada salón.
—Sí, solo…
Aunque le hubiera gustado seguir leyéndolo, no fue posible, se lo llevaron de una forma tal que daba la impresión de que era un elemento radioactivo.
—Les daba sarpullido llevarlo.
No le siguió el rastro al tema. Tras el incidente, se les advirtió, bajo pena de un castigo más severo, que no se debía hablar de ello. En tales circunstancias se vieron obligados a obedecer.
—¿Y el libro?
—Se lo quedaron, no se supo más de él, quizás lo guardaron en sus archivos, aunque lo más probable es que ardiera con la basura que quemaban una vez por semana.
—Los religiosos están acostumbrados a quemar libros.
—Créeme he intentado encontrar una copia, pero me ha resultado imposible, he buscado en tiendas de usados, pero no, no lo he hallado.
—Probablemente era una edición limitada.
—Ni idea, resultaba interesante.
Si hubiera sabido que era la única vez que lo iba a tener entre las manos, habría anotado el nombre del autor y la editorial, pero no se le ocurrió.
—Ahora le podrías hacer una foto.
—Si hubiera tenido un móvil en aquel tiempo, claro, incluso me hubiera guardado instantáneas de las páginas que pude ver.
Con el paso de los años comprendieron que lo mejor, para evitar el embrollo, hubiera sido revisarlo en un lugar alejado de los ojos inquisidores, pero no fueron conscientes de lo que pasaría.
—Pues menudo lumbreras tu colega, llevar un libro de ese estilo a un colegio de curas.
—Éramos unos críos.

