A PASO LENTO

Al comprar el billete, pensaba en lo genial que le resultaría aquel viaje, tenía por delante la presentación de varios proyectos, artículos y correcciones, por eso le parecía ideal irse a muchos kilómetros de distancia para dejar de lado sus tejemanejes personales, una idea sesuda para tener sosegados a sus fantasmas.
Cuando preparó las maletas cogió un par de mudas, solo lo necesario para los días que estuviera fuera, con esta decisión iría más alivianado de carga, así no tendría necesidad de facturar el equipaje y llevaría su maleta en cabina, sintió que se había quitado una gran responsabilidad.
Como llegó temprano al aeropuerto pensó en ir a desayunar. Antes de hacerlo, miró en uno de los paneles que la puerta de su vuelo sería la K.
Tranquilo por saberlo, fue en busca de un café y una tosta o un simple bocata, lo que estuviera disponible. Tenía en mente no subir al avión con el estómago vacío. Mientras buscaba el sitio, sin darse cuenta, llegó hasta la puerta R.
Cuando encontró un lugar donde desayunar, se acercó a la encargada e hizo el pedido. Cuando lo tuvo, buscó una mesa y se acomodó. Mientras saciaba su hambre, su mente se retrotraía al proceso que lo empujó a estar ahí.
Este viaje le serviría para dejar atrás el día a día. A pesar de dedicarse a hacer lo que le gustaba, al haberse convertido en su actividad principal, había adquirido responsabilidades que no contemplaba al inicio. Las labores administrativas le parecían insufribles por su carácter repetitivo, llevar libros contables y modelos oficiales, en ocasiones, lo superaban.
Siguió dándole vueltas, estaba seguro de que el viaje le serviría para dejar de estar sumido en el mismo ambiente, un cambio de aires era lo que necesitaba, por eso sacó de su cartera el boleto y leyó a dónde lo llevaría.
El destino le resultaba exótico, el nombre al empezar por su letra favorita le resultó curioso, ni tirando los dados habría sabido decantarse por ese destino, solo esperaba que le resultara satisfactorio.
De repente, escuchó que llamaban por uno de los parlantes a los pasajeros del vuelo. Cogió el billete y comprobó que era su vuelo. Terminó de comer, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta en la que debía embarcar.
Su poco conocimiento de ese aeropuerto no le permitió hacer cálculos acertados, igual no sería tan grande, se recalcó, siguió el trayecto a su ritmo, a su paso acostumbrado.
Al llegar a la puerta, la encargada de controlar los billetes no lo dejó subir al avión, el embarque estaba cerrado, no entendía de razones, las disposiciones eran claras y debía aceptarlas.
Se quedó con la cara a cuadros, había echado por tierra su planificación, sería inviable viajar.
Con sus expectativas arruinadas buscó un lugar, por aquella zona, para sentarse y calmar su cabreo. Cuando lo halló, cogió su billete y comenzó a revisarlo. El nombre del destino le seguía pareciendo exótico y la letra inicial seguía siendo su favorita.