PALABRAS HUECAS

Al oír lo de siempre se puso en alerta. Conocía, por experiencia, que todo ello se basaba en fórmulas que buscaban convencer, los gestos, ademanes y la parafernalia que las acompañaba, eran la muestra de que su percepción no estaba desencaminada.
Inicialmente se había generado expectativas, le llamaron la atención sus modos y buena conversación. Esto se repitió en los subsiguientes encuentros, ponderando la posibilidad de abrirse a una nueva experiencia y demostrar disposición a lo que surgiera, prescindiendo de lo efímero en aras de lo perenne.
Así se embarcó en las vivencias del periodo inmediato de su existencia, mas con el paso de las jornadas percibió detalles que le alteraron, pero no lo exteriorizó, creyó pertinente evaluar el panorama antes de llegar a una resolución. Errores cometemos todos, no se le puede poner la cruz a alguien por un exabrupto. A pesar de ello las mentes obstinadas, necias, no suelen valorar las oportunidades que se les brinda, en especial los que confían en lo idóneo de su desenvolvimiento, haciéndoseles difícil entender que también pueden equivocarse.
No quería ir de víctima, pero llevaba una mala racha (difícil de obviar) debido a seguir el mismo patrón en sus elecciones. Por anteponer el sentimiento al raciocinio se dejaba llevar por el momento y seguía, a rajatabla, la premisa: mejor es hacerlo y no quedarse con la duda de lo que podría ser, a este comportamiento podía achacarle sus cuitas, pero prefería no demonizarlo, tendrían que existir más factores.
Intentó dar con la raíz y cayó en un punto al que no solía prestar atención: decir siempre lo que pensaba, no solía tomar en cuenta su alcance, no era consciente que decir una verdad sentaba mal.
Frecuentemente prefería creer en la perfección y confiar en la existencia de seres diferentes, esto, a menudo, le llevaba a soñar con situaciones ideales en donde todo se ajustaba a sus deseos, distanciándose de cualquier imprevisto que pudiera perjudicar su experiencia.
Sus historias se repetían, seguían un mismo guion, expresando lo mismo, más veces de las que quisiera, en consecuencia, sus acompañantes eventuales buscaban excusas para justificarse y exonerar a sus actitudes de sus faltas. Por lo visto quien ideaba el desarrollo de sus acciones no era muy imaginativo.
Si se autoengañaba todo iría bien, podría sobrellevar la situación, además tendría lo que necesitaba, salvo esos detalles que le incordiaban.
Cuando llegó la primera discusión no le resultó extraña, la esperaba, eso sí, estuvo alerta para medir el efecto de sus expresiones y todo quedó zanjado con el retumbar de una puerta.
Luego vinieron los descargos de costumbres, las mismas modulaciones. Lo predecible estaba por todas partes, habría sido ideal cortar, pero quería escuchar algo diferente, una palabra que no fuera vacía y que tuviera una significación más allá de una disculpa, pero nunca llego, en vano creyó que sucedería.
Esta contrariedad hizo que se convenciera de que siempre se adentraría en escenarios similares, su naturaleza le empujaría de todas las formas habidas, por eso no le causaba nada especial que intentaran utilizar argumentos inútiles, actuando con falsedad y sembrando incertidumbre en vez de claridad.