POR EL BIEN GENERAL

Siempre le venían las prisas por las mismas fechas, el resto de los días vivía tranquilamente, se dedicaba a sus asuntos y se centraba en las actividades que le daban el sustento, aquellas que le permitían darse sus gustitos y disfrutar de las bondades que ofrecía su medio.
Hasta que llegaba el día en el que, con una notificación, lo conminaban a regularizar su situación fiscal, este escenario se repetía todos los años.
A pesar de que desde temprana edad le inculcaron la importancia de satisfacerlas, no controlaba el tema, ya que no se tomaron la molestia de darle las nociones básicas para entender el funcionamiento del sistema, por el contrario, sus maestros se esforzaron en recalcarle que debía aportar, a un fondo común, religiosamente parte de los ingresos generados.
Vivir en ese oscurantismo le provocaba dolores de cabeza, se sentía a expensas de un sistema de difícil comprensión, hecho así para que los profanos no tuvieran el más mínimo interés en desentrañar sus entresijos, daban por sentado que no eran materias destinadas a ser manejadas por el vulgo.
Los requerimientos eran puntuales, como relojitos, y las fechas, precisas, por la información que contenían estaba claro que sabían todo de él, por eso lo invitaban a declarar cada moneda que gastaba y recibía.
Como seguía sin entender del todo cómo funcionaba este aspecto monetario de su vida, usualmente se asesoraba por entendidos en el tema, por aquellos que se habían dado la molestia de hacerse con esos conocimientos que a la mayoría les eran esquivos.
Algo que le carcomía por dentro era sentir que pertenecía al grupo de ciudadanos a los que se miraba con lupa, a los que controlaban y se les exigía desempeñar sus labores dentro de los márgenes de las leyes, porque —afirmaban— eran piezas fundamentales de la sociedad, por eso mismo tenían en sus manos mantener el bienestar de lo que les rodeaba.
El entendido le explicaba los pormenores del proceso, usaba frases rebuscadas como si pretendiera confundirlo, este lenguaje técnico hacía que se desentendiera, que dejara de prestar atención por lo confundido que se sentía.
Para concluir le dio las indicaciones de lo que debía llevar, la forma más pertinente de rellenar los formularios y la documentación a adjuntar, no obstante, le especificó: Los responsables de llevar estas campañas tienen toda tu información, solo quieren cotejarla con lo que tu declares, si les mientes te puedes meter en una situación peliaguda, por eso es importante seguir las recomendaciones, incumplirlas implicaría tener problemas que no te dejarían dormir tranquilo.
Esto último si lo entendía, si quería vivir sosegadamente tenía que ceñirse a estas exigencias, no se podía dar el lujo de negarse o hacer oídos sordos, a pesar de que la legislación cambiara de un año a otro, se sacaran nuevas obligaciones de debajo de la manga y afectara a los de siempre, los currantes.
En definitiva, aunque no comprendiera a cabalidad el funcionamiento del sistema, era consciente de que su ignorancia no era una justificación para no ser un buen ciudadano.