INTERACCIÓN EN LINEA

La sorpresa fue inmediata, no sabía a cabalidad el por qué de todo aquel barullo, solo había dado a conocer sus ideas y no consideraba que fueran transgresoras u ofensivas. 
Recordaba que respondió por un impulso, no lo solía hacer, pero aquella vez no pudo más, leer tantas incoherencias le resultaba chocante, más aún cuando se metían con determinados grupos utilizando frases peyorativas, por eso llevado por el furor de ese instante —y por el enfado— sacó a relucir su vena contestataria. 
No se detuvo a meditar en si valía, o no, la pena, pero su sentido común le decía que era preciso, de esta forma dejó por escrito su alegato en contra de todos esos insultos gratuitos. 
Cuando lo hizo no sopesó su impacto, consideró que, su intervención, pasaría desapercibida y no tendría más alcance, ya que sus redes las utilizaba poco, por el interés escaso que le causaban. 
Tras dejar el comentario siguió con sus actividades y así pasaron varios días, al volver a entrar notó que había tenido gran repercusión, muchos usuarios habían interactuado con él e incluso, algunos, habían solicitado la suspensión de su cuenta, esto le sorprendió, no sentía que hubiera atacado a alguien especifico, solo expresó su malestar ante ataques despectivos que resultaban irrespetuosos. 
Revisó lo que había dejado por escrito, no le veía nada fuera de lo común, probablemente no habrían entendido o ni lo habrían leído, esto último era lo más probable, pues muchos solo se quedaban con las primeras líneas de cualquier escrito y no continuaban, alterando, con esta acción, el sentido de lo que se quería decir e incluso, los más perversos, habrían cogido trozos de su comentario para desinformar, consiguiendo con ello que sus reclamos tuvieran cabida. 
En este contexto, al ver tal cantidad de despropósitos, no le sorprendió que su cuenta fuera suspendida, por no respetar sus normas, las cuales eran claras y estaban para cumplirse. Intentó apelar, expresando los motivos por los que había dejado un comentario de este estilo, pero sus alegaciones no fueron tomadas en cuenta, el castigo se mantuvo, indicándole que en ese tiempo solo podría leer lo que pusieran los usuarios, pero no intervenir. 
Este castigo le pareció excesivo, pero no volvió a solicitar que se lo levantaran, al no ser un asiduo, no se sentiría afectado, pero eso sí, a partir de ese momento comprendió que el mundo virtual tenía sus particularidades y que sus usuarios eran especímenes no menos llamativos, con unas taras tales que, en el mundo real, se los calaría a la primera. 
Asimismo, ese espacio les servía a muchos para sacar a relucir su lado oculto, por llamarlo de algún modo, expresando abiertamente ciertos posicionamientos que, con toda probabilidad, criticarían, pero escudados en el anonimato se dejaban llevar y daban rienda suelta a su vena reaccionaria, escudados en la libertad de expresión. 
A diferencia de estos, cuando se adentraba en ese campo seguía siendo el mismo, no adquiría mágicamente otra personalidad, todo lo que podía escribir era conforme a lo que realmente creía —cualquiera que se lo cruzara en la calle podría dar fe de ello—, porque no tenía otra forma de ser o era él mismo o no era nadie, por eso le resultaba curioso que algunos pudieran ser otros usando como máscara un simple alias. Esos eran así, muchos iban de sabihondos y se ofendían a las primeras de cambio cuando se los dejaba en evidencia. 
El saber que no podía expresarse con libertad, le causaba tristeza, había líneas que no se podían traspasar, en especial cuando se defendían ciertos posicionamientos. A pesar de este impase, estaba convencido de que había hecho lo correcto, por eso defendería cada palabra que había redactado, pues en determinadas circunstancias callarse no era una opción, era bueno hacerse oír y no ser uno de esos que daban por buenas las tonterías que, a veces, se leían en esos reductos. 
Pasado un tiempo, le levantaron el castigo, podía volver a intervenir y expresarse, sin embargo, tenía un mal sabor de boca, ya nada volvió a ser igual, ahora sabía que era mejor pasar por encima de determinadas disputas, si el problema no era con él, lo mejor era no meterse, le sentaba mal ser así, pero las normas no le permitían ser como era, quizás si le dedicara más tiempo sabría como menearse, pero no tenía ganas de hacerlo, además ¿qué sentido tendría?, si no tenía ningún alcance, solo el que le daban los que estaban ahí. 
Después de este soliloquio volvió a centrarse en sus labores, en lo que realmente tenía valor y no en aquel espacio en el que, a menudo, había entes intentando poner trabas a las voces disidentes.