ENCUENTRO A CIEGAS

Me dirigía al norte cuando me lo crucé, su rostro revelaba que no conocía el lugar, como iba a una presentación, no le presté atención, pero de soslayo su inquietud se me quedó grabada.
No era usual que me invitaran, por eso intenté ser puntual, pero calculé mal los tiempos y llegué veinte minutos antes.
En vista de tal despiste busqué un lugar para esperar.
Entré a un bar y me senté en la barra, confiaba en que así el tiempo pasaría rápido.
En ese instante observé, a través de la ventana, al tipo con el que me había topado minutos antes, miraba a todas partes sin encontrar a quien buscaba. Para entretenerme dejé volar mi imaginación.
Habían quedado sin conocerse físicamente, solo tenía como referencia una foto a la que le habían aplicado una gran cantidad de filtros, quitándole todo rastro de naturalidad.
Nunca había tenido una experiencia así, siempre prefirió hacerlo a la forma antigua, cara a cara, pero, tras intentarlo de diferentes modos y darse cuenta de que se desgastaba, se embarcó en la aventura de las relaciones virtuales, de ese tipo de interacciones que no te juzga por tu aspecto, sino por lo que tienes dentro.
No fue fácil conectar con alguien, se encontraba con muchos usuarios que buscaban cosas diametralmente opuestas a las que aspiraba, hasta que coincidió con alguien, no fue algo planificado, simplemente surgió, sintiendo en ese instante que podría tener algún futuro.
Sus charlas inicialmente no versaban sobre aspectos personales, se centraban en aspectos amplios de la existencia, pero, poco a poco, sus interacciones se comenzaron a hacer más constantes, surgiendo una complicidad particular entre ellos.
Sus encuentros se producían a la misma hora, después del trabajo, se conectaban a la aplicación para relacionarse, sus nexos eran difíciles de explicar, adentrándose en un escenario en el que se sentían libres y podían ser ellos mismos, sin miradas impertinentes, sin cuchicheos silentes. Compartían secretos, expresaban sus deseos, no había duda, se complementaban.
Por un tiempo estar así les resultó divertido, sin embargo, con el paso de los días, las conversaciones les comenzaron a saber a poco. Oírse estaba bien, pero necesitaban de algo más, de expresiones que solo se pueden sentir corporalmente.
En tal tesitura decidieron que lo mejor era encontrarse en persona. Así pasaron una temporada, debatiendo cual sería el lugar adecuado, estaba claro que el sitio debía ser neutral y debía quedar a la misma distancia, por eso les pareció que el sitio perfecto era la zona de las letras, un espacio que se caracterizaba por su ambiente agradable.
Con esto solucionado, solo les quedaba indicar el día, coincidieron en que lo mejor era en fin de semana. De esta forma ya tenían una fecha señalada para conocerse.
Los días previos estuvieron llenos de nerviosismo, incluso a una de las partes le surgieron dudas, no sintiéndose en la posición de dar el paso, pero pronto estas quedaron solo en meras ideas sinsentido.
Las horas anteriores al encuentro fueron difíciles de procesar, por fin tendría lugar todo aquello de lo que habían hablado, podrían mirarse a los ojos, tocarse y abrazarse.
Podían situarse en miles de escenarios, solo delimitados por ellos.
De repente el tipo se situó en una esquina, por fin había decidido quedarse quieto, probablemente había recibido un mensaje.
La escena se prestaba para seguir elucubrando, pero pronto noté, al ver mi reloj, que faltaban cinco minutos para que empezara el espectáculo. Pedí la cuenta, pagué y salí del bar, una vez en la calle ya no pude ver al tipo.
Me acerqué al teatro, había una cola enorme, me ubiqué al final, esperaba entrar cuanto antes.