UN LANCE LOCAL

El lugar, por la expectativa, se había convertido en un hervidero. Era una locura deambular por las calles.
Los días previos muchos nos dimos cuenta de lo que se venía encima cuando quisimos sacar las entradas, usualmente era sencillo hacerlo, solo estábamos interesados los de siempre, pero en esta oportunidad vi a muchos desconocidos.
Mi equipo era de primera división, no era sobresaliente, sí animador. Cada triunfo era tomado como un gran logro, por eso cuando, en la última temporada, quedó quinto, lo celebramos con euforia, el cielo era el límite. En esta línea, como los aficionados esperábamos que la siguiente temporada fuera mejor, rogábamos para que no se vendiera a ningún integrante de la plantilla.
Los seguidores teníamos claro que el problema era la directiva, sabían de todo, pero no gestionar un club. Algunos decían que desviaban fondos a sus cuentas personales, también que obtenían comisiones por cada jugador que traían (tenían prebendas con sus representantes), de todo lo que se murmuraba esto último podría ser lo más factible, se sabía que cosas de este estilo sucedían en el mundillo del balompié, aunque nunca, misteriosamente, se llegó a comprobar, solo se quedaba en meras habladurías.
Cada inicio de temporada se presentaba, en un gran espectáculo, a los nuevos integrantes del equipo. En esa fecha se vendían las entradas a mitad de precio e incluso había ofertas, del estilo: los menores de diez años no pagan. Para tal ocasión los organizadores elegían a un rival de poca monta, desconocido, para que el plantel se luciera. Lamentablemente, conforme avanzaba la temporada, el equipo iba mostrando sus carencias, a pesar de ello sus fieles seguidores nos desvivíamos por alentarlo, en el estadio hacíamos fuerza para que nuestra voz se escuchara.
Durante la espera, en la cola, observé camisetas del equipo rival, uno recién ascendido, que había dejado el lastre de jugar en segunda división.
Recuerdo que en sus encuentros decisivos todos en la ciudad hicimos fuerza para que ascendiera. Alentamos a más no poder al equipo, nos resultaba simpático. En este contexto cuando consiguió el ascenso muchos salieron a la calle a festejarlo, era una gran gesta, más aún en las condiciones que lo hizo, de visitante, frente a una afición hostil y con un arbitraje adverso.
Aquel encuentro solo se pudo seguir por radio, no se sabía el motivo por el cual no fue televisado, los más avezados sostenían que era a causa de la inquina que nos tenían en el resto del país. Aun con este inconveniente muchos no nos perdimos la emisión y fuimos testigos de una narración encomiable que le dio toques de gran hazaña, algo único, el sentimiento que expresaba el comentarista llenaba de emoción a los oyentes.
Así pues, tener dos equipos en primera era un orgullo. En este sentido, desde que se supo la fecha en la cual se enfrentarían, tras el sorteo del calendario, todos la apuntamos, no queríamos perdernos el derbi.
Los distintos periódicos locales hablaban de lo esperado que era el encuentro, sin embargo, como muchos, pensé que exageraban, como era habitual. En nuestra pequeña localidad, los medios, a veces, se excedían en sus apreciaciones cuando hablaban de los eventos que acaecerían en nuestra tierra.
Como no era consciente del alcance del encuentro, fui confiado a coger las entradas, tenía en mente que no habría demasiada demanda en las taquillas, pero ese fue mi error, no sopesé la posibilidad de que hubiera tanto interés.
Al final, pude hacerme con una entrada, en la zona de siempre (fila trece, vomitorio nueve, fondo sur), por un momento pensé que no sería posible, pero gracias a los hados sería testigo de aquel partido.
Al coger la entrada confiaba en la superioridad de mi equipo, demostraría su mayor experiencia en la categoría, no debería de tener problemas con un recién ascendido, ya que el rival se había visto obligado a cambiar medio plantel.
El día del partido la ciudad tenía un rostro distinto, todas las calles tenían carteles de ambos equipos, lo deportivo se hacía patente.
Mientras me dirigía al estadio me crucé con muchos seguidores del equipo rival, se notaban emocionados. Desde que me hice aficionado al fútbol no había visto la ciudad llena de ese espíritu, en cada reducto había motivos alusivos al balompié, parecía como si no existiera nada más.
Una vez en el estadio el ambiente era insuperable, había enormes banderolas, las graderías estaban repletas. En ese momento pensé que el resultado sería lo de menos, estar ahí era algo irrepetible.