BELLAS PERSONAS

A pesar de que vivíamos en el mismo barrio, nuestros caminos no se habían cruzado. Nos conocimos en una celebración local, yo iba con un grupo de amigos y ella, por su lado, no recuerdo con quien, tal vez con su familia, pero lo esencial fue que coincidimos y comenzamos a charlar, gracias a nuestras primeras palabras nos dimos cuenta de que teníamos muchas cosas en común, nos gustaba dormir del mismo lado de la cama y con la puerta de la habitación entreabierta. Al despedirnos intercambiamos nuestros números de móvil, desde ese instante no dejamos de hablar, nos llamábamos a cualquier hora, aparcábamos lo que estuviéramos haciendo para dedicarnos tiempo, durante nuestras conversaciones nos daba la impresión de que nos conocíamos de toda la vida, sin saber el motivo sentíamos que podíamos confiar el uno en el otro, siempre estábamos dispuestos a escucharnos, habíamos encontrado alguien en quien depositar nuestras expectativas. Hablábamos de lo que fuera y los temas en los que teníamos posicionamientos diferentes los dejábamos de lado, nos dimos cuenta de que no valía la pena discutir por tonterías, era mejor potenciar lo que nos unía y dejar de lado lo que nos separaba.
De este modo fuimos cogiéndonos cariño, si por algún imprevisto no podíamos contestar el teléfono, nos sentíamos vacíos, solos, nos quedábamos con la impresión de que nos faltaba algo, era como si ese día no hubiera salido el sol, como si la tierra hubiera dejado de girar, como si hubiera sucedido lo impensable, pero éramos conscientes que existían entes externos que marcaban nuestras agendas.
Con el paso del tiempo y la constancia, nos dimos cuenta de que había algo entre nosotros, una cosa misteriosa que aun no tenía nombre, pero que lo resumíamos en nuestra complicidad, llegando al punto de no darle importancia, estábamos a gusto como estábamos, no valía la pena ir en contra de la corriente, confiábamos en que llegaría el día en el que, sin decir nada, pasaríamos a un nivel menos convencional, y más utópico, en el que estaríamos cogidos de las manos, mirándonos a los ojos; compartiendo nuestras sonrisas.
No sabíamos porque nos pasaba esto, pero nos resultaba difícil hablar sobre nosotros, de todos los tópicos que podíamos tocar éramos los más intrincados, los más complejos, éramos un mar de dudas, obnubilados por la pasión del instante.
El hecho de sacar a pasear a nuestros fantasmas nos ponía en una situación peliaguda, ya que debíamos dar explicaciones y podía dejarnos huellas en nuestra piel, nos daba la impresión de que, si eso sucedía, dejaríamos de ser interesantes, pasaríamos al plano de la gente normal en la que no existe comunicación alguna, más bien existen incoherencias, existen mentiras que se cuentan una y otra vez para convencerse de que están en el camino correcto.
Por todo esto temíamos que al hacerlo nos resquebrajáramos, nos distanciáramos.
De esta forma obviábamos el tocar temas que nos inmiscuían, era mejor hablar de otros, hablar de filosofía, de las artes, de la literatura o de las bellas personas, comprendíamos que era mejor echarnos unas risas que ponernos serios, pues si lo hacíamos despertaríamos del sueño mágico en el que nos encontrábamos.