UN GIGA DE FELICIDAD

—¿Te lo imaginaste alguna vez? —cogió el dispositivo y se lo mostró—, aquí caben miles de archivos.
Le sonaba haber observado en una tienda de tecnología uno de esos aparatos. Era la novedad, cabía en la palma de la mano, se estaban poniendo de moda los soportes minúsculos, en desmedro de aquellos que no eran tan sutiles en tamaño.
—Quien dice archivos, dice libros.
Sin duda era la novedad, pero seguía siendo un gadget con un precio prohibitivo para mis bolsillos.
—Por ahora no son baratos, pero cuando se conviertan en la norma, todo el mundo se hará con uno.
Yo no estaba muy convencido, sobre esto, como consumidor vi pasar cientos de dispositivos que iban a convertirse en la norma y terminaron en la cubeta de la basura, pues se llegó a la conclusión de que no eran tan útiles como se pensaba.
—Además, lleva varios años en el mercado y sus innovaciones no se detienen, cada tanto salen nuevos modelos.
Me quedé con lo último, cada año salen nuevos modelos, estaba claro que cada año, si querías tener lo último en tecnología debías hacer un desembolso generoso.
—Créeme, pronto esto cambiará lo que conocemos, pues nos permitirá llevar todo lo que queramos en el bolsillo.
Era cierto, pero también era fácil extraviarlo.
—¿Tú sabes la cantidad de libros que aquí pueden caber? —se detuvo por un momento y continuó— ya te lo digo yo, miles —Cuando parecía que había concluido su monólogo volvió sobre sus fueros—, hace un par de días, sin ir muy lejos, conversaba con un colega escritor, me dijo expresamente que al saber que en un artefacto tan pequeño podía caber la obra de miles de autores y de los más prolíficos —destacó lo más prolífico—, se sintió miserable, él que no era de los que más producían, tampoco el que más destacaba, no podía ni imaginarse el espacio que ocuparían sus escritos, quizás la milésima parte, era risible, en el mundo tecnológico pasaría sin pena ni gloria.
Esto le hacía comprender a los autores que solo eran un grano de arena en el inmenso vórtice digital que se llevaba todo por delante y no daba tiempo a sosegarse, a centrarse, a pensar en la trascendencia de lo que producía.
—¿De qué capacidad es?
—Por ahora solo los hay de un Gigabyte, pero para mí es más que suficiente, caben todos los archivos que necesito.
—Entonces, ¿tu felicidad se mide en el espacio que detenta su dispositivo?
—A ver, mi felicidad —se quedó en silencio—, ¿sabes?, no lo había pensado.
—Di lo primero que se te ocurra.
—Como te dije, no creo que mi felicidad se mida en la capacidad de uno de esos aparatejos, pero me alegra poder llevar mis archivos a todas partes, por ejemplo, soy algo melómano —tras decir esto soltó una leve carcajada— y eso de poder llevar la música que me gusta a todas partes, es una maravilla, en dónde esté escucho lo que me gusta, no tengo que adaptarme al medio, adapto el medio a mí, ¿sabes lo que te quiero decir?
—Si lo pones así, suena interesante.
—Voy a cualquier sitio y estoy a mi rollo, si a eso le llamas felicidad, soy feliz, sí.
—En resumen, la felicidad es algo que no depende del objeto per se, sino, del individuo, pues tú le das el valor que te apetezca.
—Eso es obvio.
—La felicidad es un estado, mi amigo.
Era de locos, cada vez la vida es más cómoda.
—¿Qué harás cuando te quedes sin espacio?
—No creo, por ahora tira.
—Mientras no te vuelvas un Diógenes digital, todo bien.
—Tú toleas, ¿te lo han dicho alguna vez?
—No más qué tú.
—No sé qué haré cuando me quede sin espacio, probablemente comprar un dispositivo de más capacidad.
—Entonces tu felicidad dejaría de estar en los márgenes de un giga, que para ese momento quedará obsoleto.
—Eso es lo que tienen los soportes de almacenamiento, llega un momento en el que se quedan sin espacio y es necesario ir a por más y a por más, es un saco sin fondo.
—Cierto, hasta satisfacer nuestras necesidades.
—Nuestras, no sé, con que cumplan mis exigencias, me conformo.