Hoy, mientras estaba en el bar de todos los días, pensé en ti. ¿Recuerdas?, ese, al que me llevaste a rastras la primera vez.
Desde que no estás, los diferentes espacios dejaron de tener magia, hoy solo son zonas infectas, llenas de seres oscuros, dependientes, atormentados, que, en lugar de inspirar, desalientan.
Cuando estaba a tu lado no lo percibía así, pues iba imaginando el paraíso en cada esquina, trataba de ver lo mejor de cada escena y de entusiasmarme. Ahora no suelo estar atento a lo que me rodea, prefiero ir a lo mío, a las cosas que debo hacer, mis deberes. Intento estar ocupado, no pensar, simplemente, no pensar, como una forma de evadirme y pasar del día a la noche sin más.
Despertar y dormir, sin hacer nada relevante, se ha vuelto la norma. Al haberme convertido en un envase vacío, insustancial, he logrado tener el control, sin embargo, en días como hoy, en los que el cielo esta sombrío, lo pierdo, y escapa todo aquello que está oculto, haciéndome dar vueltas a páginas pasadas, a cuestionarme si todo va como debería o si, en realidad, tomé el camino fácil, al abstraerme y no hacerle frente a este dolor que, en lugar de amainar, se expande.
Al salir a la calle y recibir el frío invierno en mis huesos, siento que no debería estar aquí, sin ti, ya no hay ilusión, he perdido ese atisbo de motivación por ser alguien. Me he centrado en seguir a pie juntillas órdenes, hago una labor cualquiera, soy un engranaje más de esa gran máquina que es el mundo, un lugar que te engulle y te quita los sueños, te despoja de cualquier pensamiento crítico y te mantiene aletargado, como un simple animal de carga, cuyo valor recae en lo que puedes producir.
Días como estos son los que me hacen sentir que paso de una fecha a otra, sin más, los días solo son días, las calles igual, todo perdió ese detalle que los cubría de un velo fascinante. Mis pasos dejaron de tener significación, ahora solo son pasos, no como en la época en la que confiaba que el siguiente sería el que me llevaría al destino añorado.
Y mentía al decirte que no le temía a la soledad, pues cuanto más me adentro en sus entresijos mi falacia se queda sin asidero, ya no tiene esa fuerza que en su momento me hacía creer que era el dueño de mis emociones y que podía hacerle frente a lo que se me pusiera delante.
Y ya ves, aquí estoy, pensando en ti, aunque no estés. Tras muchos años debería haber superado tu partida e interiorizado que todo pasa, nada es eterno. A pesar de ello estoy en nuestra mesa.
Se acerca el camarero, cambiaron al que conocías, pido el café de siempre, un expreso doble, le recalco que sea doble, siguen teniendo la mala costumbre de no hacer caso a lo que uno pide.
En días como este, aciagos, prefiero salir del piso en donde solo me escuchan las paredes, mudas testigos del silencio indescifrable que lo cubre todo, dejando que mis cavilaciones discurran por acciones pretéritas, agradables cuando sucedieron, pero que trocaron con el tiempo en una carga difícil de arrastrar.
Intento no exteriorizar lo que me pasa, prefiero guardar perfil bajo, aunque me gustaría hablar con alguien, pero sería en vano, nadie es capaz de entenderme, por eso guardo silencio.
Vivía la mejor época de mi vida y no era consciente que era así, debería haber una leyenda que te indicara que prestes atención y que valores cada segundo, pues conforme los recorres se van para no volver.
Me traen el café. En días como este de invierno, soy más propenso a recordar, a dejar salir lo que molesta a mi presente.
Contigo se fue lo mejor que tenía en mi vida, lo que me hacía especial, lo que me sacaba de centro y me empujaba a embarcarme en empresas novedosas, algunas locas, disparatadas, pero que eran sustanciales, porque las hacía junto a ti.
Desde que no estás, los diferentes espacios dejaron de tener magia, hoy solo son zonas infectas, llenas de seres oscuros, dependientes, atormentados, que, en lugar de inspirar, desalientan.
Cuando estaba a tu lado no lo percibía así, pues iba imaginando el paraíso en cada esquina, trataba de ver lo mejor de cada escena y de entusiasmarme. Ahora no suelo estar atento a lo que me rodea, prefiero ir a lo mío, a las cosas que debo hacer, mis deberes. Intento estar ocupado, no pensar, simplemente, no pensar, como una forma de evadirme y pasar del día a la noche sin más.
Despertar y dormir, sin hacer nada relevante, se ha vuelto la norma. Al haberme convertido en un envase vacío, insustancial, he logrado tener el control, sin embargo, en días como hoy, en los que el cielo esta sombrío, lo pierdo, y escapa todo aquello que está oculto, haciéndome dar vueltas a páginas pasadas, a cuestionarme si todo va como debería o si, en realidad, tomé el camino fácil, al abstraerme y no hacerle frente a este dolor que, en lugar de amainar, se expande.
Al salir a la calle y recibir el frío invierno en mis huesos, siento que no debería estar aquí, sin ti, ya no hay ilusión, he perdido ese atisbo de motivación por ser alguien. Me he centrado en seguir a pie juntillas órdenes, hago una labor cualquiera, soy un engranaje más de esa gran máquina que es el mundo, un lugar que te engulle y te quita los sueños, te despoja de cualquier pensamiento crítico y te mantiene aletargado, como un simple animal de carga, cuyo valor recae en lo que puedes producir.
Días como estos son los que me hacen sentir que paso de una fecha a otra, sin más, los días solo son días, las calles igual, todo perdió ese detalle que los cubría de un velo fascinante. Mis pasos dejaron de tener significación, ahora solo son pasos, no como en la época en la que confiaba que el siguiente sería el que me llevaría al destino añorado.
Y mentía al decirte que no le temía a la soledad, pues cuanto más me adentro en sus entresijos mi falacia se queda sin asidero, ya no tiene esa fuerza que en su momento me hacía creer que era el dueño de mis emociones y que podía hacerle frente a lo que se me pusiera delante.
Y ya ves, aquí estoy, pensando en ti, aunque no estés. Tras muchos años debería haber superado tu partida e interiorizado que todo pasa, nada es eterno. A pesar de ello estoy en nuestra mesa.
Se acerca el camarero, cambiaron al que conocías, pido el café de siempre, un expreso doble, le recalco que sea doble, siguen teniendo la mala costumbre de no hacer caso a lo que uno pide.
En días como este, aciagos, prefiero salir del piso en donde solo me escuchan las paredes, mudas testigos del silencio indescifrable que lo cubre todo, dejando que mis cavilaciones discurran por acciones pretéritas, agradables cuando sucedieron, pero que trocaron con el tiempo en una carga difícil de arrastrar.
Intento no exteriorizar lo que me pasa, prefiero guardar perfil bajo, aunque me gustaría hablar con alguien, pero sería en vano, nadie es capaz de entenderme, por eso guardo silencio.
Vivía la mejor época de mi vida y no era consciente que era así, debería haber una leyenda que te indicara que prestes atención y que valores cada segundo, pues conforme los recorres se van para no volver.
Me traen el café. En días como este de invierno, soy más propenso a recordar, a dejar salir lo que molesta a mi presente.
Contigo se fue lo mejor que tenía en mi vida, lo que me hacía especial, lo que me sacaba de centro y me empujaba a embarcarme en empresas novedosas, algunas locas, disparatadas, pero que eran sustanciales, porque las hacía junto a ti.

