FATUM

Cuando se despidió aquella tarde no pensó que sería el recuerdo renuente que acompañaría sus días.
Al rememorarlo se preguntaba si lo mejor hubiera sido sacar a relucir lo que sentía, abrirse en canal y demostrar un aspecto de su personalidad, a menudo, oculto, decirle frente a frente si valía, o no, la pena dar ese paso y no esperar a un gesto de su parte, una simple palabra, la mera expresión: quédate. Pero eso no sucedió, en ese momento su seguridad era a fuerza de cualquier objeción, eso se olía en el ambiente, hubiera sido en vano decirlo, sus certidumbres eran ciegas.
Con la evocación en mente intentaba recordar lo que se dijeron. Creía tener una idea vaga, pero las frases se difuminaron con el paso del tiempo, hasta el punto en que para quedarse tranquilo debía mentirse, imaginarse una conversación ideal en la que todo era ficción, pues era creada a partir de los retazos, de las consonantes, de las vocales, de esos símbolos que vagaban por su mente, sin llegar a plasmarse en un mensaje legible, ya que, por más intentos, se le hacía imposible, su ingenio no daba para tanto. En esa tesitura descubrió que la creatividad tiene sus límites, más bien consiguió adentrarse en un batiburrillo de ideas sueltas, remembranzas e imágenes que se le grabaron en la médula.
Por mucho tiempo tuvo censurado ese hecho, olvidado, pero sin pretenderlo volvió de forma onírica, representado en espejismos que dejaban de existir al despertar, con la angustia de pensar en el si hubiera y la incertidumbre de no haber puesto todo de su parte, le afligía no haber tenido la voluntad suficiente para plantarle cara al destino, sin tener presente la fuerza que cogería con los años, pensó que moriría lentamente y prescribiría.
Por eso mismo, se le ocurrió hablarle, contarle algunas de sus ocurrencias y explicarle lo que últimamente le sucedía, le espetaría un: mira qué gracioso, de los dos parecía que tú ibas a ser el eslabón más débil, el que buscaría el contacto antes y expresaría que jamás olvidó lo nuestro.
Después de soltar aquel alegato esperaría una respuesta, fuese cual fuese, la asimilaría, sería una puerta que se cerraría para siempre.
Esto no dejaba de ser una quimera, una de las tantas mentiras que se contaba, pues estaba claro que no pasaban de ser elucubraciones, palabras que se vociferaba para hacer más llevadero su presente, ya que si lo hubiera olvidado le diría, me da igual, confiaría en que todo lo conservado fue real, algo que lo acompañaba, lo hacía ver la vida con otros ojos.
Cuando estuvo pensando en contactar, se dio cuenta de que no tenía sentido actuar egoístamente, las cosas estaban bien como estaban, remover algo pretérito daba pie a dejar salir los fantasmas de una existencia.
A pesar de su decisión cada vez que cerraba los ojos volvían esas escenas a su presente, lamentablemente eran inalterables, había hecho caso a su razón y dejó de lado su querencia.